Cuento infantil: El sastrecillo valiente

Cuentos de toda la vida para seguir disfrutando hoy con nuestros hijos

“El sastrecillo valiente”, o como también se le conoce “Siete de un golpe”, es un cuento de hadas que pertenece a la colección “Cuentos de la infancia y el hogar” de los hermanos Grimm. Se trata de una divertida historia que hace referencia a la astucia, la inteligencia y la creatividad para demostrar que muchas veces la fuerza no es la clave para resolver los problemas.

Las aventuras del sastrecillo valiente

Hace mucho tiempo vivió un humilde sastrecillo que se ganaba la vida trabajando con sus hilos y sus costuras. El sastre siempre estaba de buen humor y disfrutaba mucho de su trabajo. Un día estaba cosiendo junto a la ventana cuando, sin percatarse, entraron siete moscas. Al cabo de un rato, las moscas comenzaron a revolotear sobre la cabeza del sastrecillo y hacían tanto ruido que no lo dejaban concentrarse en su trabajo.

Sin pensarlo dos veces, el sastrecillo tomó uno de los recortes de tela que se encontraban encima de la mesa y, de un golpe seco, mató a las siete moscas.

– ¡Vaya! Qué buena mano tengo, toda la ciudad debe enterarse de mi proeza – dijo y, ni corto ni perezoso, cortó un cinturón justo a su medida, lo cosió y luego le bordó en letras grandes que decían: SIETE DE UN GOLPE.

Luego se ciñó el cinturón y salió de casa. Antes de marcharse, guardó un pedazo de queso para el camino y recogió a un pájaro que se había enredado en un matorral frente a la puerta.

Obviamente, todos lo miraban con asombro. Después de mucho andar, llegó a una pradera y divisó a lo lejos a un gigante que estaba sentado contemplando tranquilamente el paisaje. El sastrecillo se acercó a saludarlo y, el gigante casi iba a lanzarlo al otro extremo cuando leyó: “SIETE DE UN GOLPE”, y pensando que se trataba de hombres derribados por el sastre, se contuvo. De todos modos decidió ponerlo a prueba. Agarró una piedra y la exprimió hasta sacarle unas gotas de agua.

– ¡A ver si logras hacerlo, ya que eres tan fuerte! – dijo

– ¿Solo eso? – contestó el sastrecito – ¡Es un juego de niños!

Y metiendo la mano en el bolsillo sacó el queso y lo apretó hasta sacarle todo el zumo.

– ¿Qué me dices? Un poco mejor, ¿no te parece?

El gigante no supo qué contestar, apenas podía creer que aquel hombrecito hiciera tal cosa. Tomó entonces otra piedra y la arrojó tan alto que apenas podía seguirse con la vista.

– Anda, a ver si haces algo parecido.

– Un buen tiro, pero ahora verás -dijo el sastre, sacó el pájaro del bolsillo y lo lanzó al aire. El pájaro, encantado de estar libre otra vez, alzó rápido el vuelo y desapareció.

– ¿Qué te pareció ese tiro, camarada? -preguntó el sastrecillo.

– Tirar sabes. Ahora veremos si puedes soportar un gran peso. Intenta levantar este gran árbol – dijo señalándole un gran tronco de roble que yacía en el suelo.

– Con gusto. Tú carga el tronco y yo me encargaré del ramaje, que es lo más pesado – le respondió.

En cuanto el gigante cargó el tronco, el sastrecillo se acomodó sobre una rama, de modo que el gigante no pudiera verlo y además, tuviera que cargar con él. Así, iba el sastrecillo muy contento y silbando, hasta que el gigante no pudo más y gritó:

– ¡Eh, tú! ¡Cuidado, que tengo que soltar el árbol!

El sastrecillo saltó ágilmente al suelo, sujetó el roble con los dos brazos, como si lo hubiese sostenido así todo el tiempo, y le dijo:

– ¡Un grandullón como tú y ni siquiera eres capaz de cargar un árbol!

Siguieron andando y, al pasar junto a un cerezo, el gigante, echando mano a la copa, donde colgaban las frutas maduras, inclinó el árbol hacia el sastrecillo para que comiera cerezas. Pero el sastre era demasiado débil como para sujetar el árbol, y en cuanto lo soltó el gigante, la copa volvió a su posición original y arrastró al sastrecillo por los aires. Este cayó al suelo sin hacerse daño, mientras el gigante le decía:

– ¿Pero qué ha sucedido? ¿No tienes fuerza para sujetar este tallo?

– No es que me falte fuerza. ¿Crees que no puedo con semejante minucia? ¡Yo que maté a siete de un golpe! Es que salté por encima del árbol para ver a unos cazadores que están disparando a lo lejos. ¡Haz tú lo mismo, si puedes!

El gigante lo intentó pero se quedó colgando entre las ramas, de modo que esta vez el sastrecillo también saboreó la victoria. El gigante le dijo entonces:

– Ya que eres tan valiente, ven conmigo a mi casa a pasar la noche.

El sastrecillo aceptó la invitación y lo siguió. Cuando llegaron a la caverna, encontró a varios gigantes sentados junto al fuego: cada uno estaba comiendo un cordero asado. El gigante le enseñó una cama y lo invitó a acostarse a dormir. Sin embargo, la cama era demasiado grande por lo que, en vez de acomodarse en ella, se acurrucó en un rincón. A medianoche, creyendo el gigante que su invitado estaría profundamente dormido, se levantó y, empuñando una enorme barra de hierro, descargó toda su fuerza sobre la cama. Luego volvió a acostarse con la certeza de que había acabado para siempre con ese hombrecillo más fuerte que él. A la mañana siguiente cuando los gigantes se disponían a salir al bosque, vieron al sastrecillo tan alegre como de costumbre. Aquello fue más de lo que podían soportar y, pensando que los mataría a todos, salieron corriendo espantados.

El sastrecillo siguió su camino. Tras mucho caminar, llegó al jardín del palacio real, y como se sentía muy cansado, se tumbó a dormir sobre la hierba. Mientras dormía se le acercaron varios cortesanos y vieron la inscripción que llevaba colgada: SIETE DE UN GOLPE. Corrieron a dar la noticia al rey diciéndole que se trataba de un valeroso guerrero. El rey, ni corto ni perezoso, envió a uno de sus nobles para que le pidiese que formara parte de su ejército.

El sastrecillo accedió inmediatamente y comenzó a servir al rey ese mismo día. Sin embargo, todos en el reino le temían, incluso los soldados más valientes. De hecho, muchos de los soldados se presentaron ante el rey y le pidieron que los licenciase ya que no estaban preparados para luchar con un hombre capaz de matar a siete de un golpe.

Al rey no le gustó la idea de perder a tan fieles servidores y hubiera despedido al sastrecillo de buena gana pero temía que tomara represalias. Finalmente, mandó a llamar al sastrecillo para hacerle una oferta: en un lejano bosque vivían dos gigantes que causaban enormes daños con sus robos, asesinatos, incendios y otras atrocidades. Si el sastrecillo lograba vencer y exterminar a esos gigantes, recibiría la mano de su hija y la mitad del reino como recompensa. Además, cien soldados de caballería lo auxiliarían en la empresa.

– Claro que acepto. Acabaré muy pronto con los dos gigantes. Y no me hacen falta los cien jinetes.

Así, el sastrecillo se puso en camino hasta que encontró el lugar donde vivían los dos gigantes. Estaban durmiendo al pie de un árbol y roncaban tan fuerte que las ramas se balanceaban de un lado a otro. El sastrecillo pensó en una estrategia para vencerles, tomó dos grandes piedras que tenía en los bolsillos y trepó al árbol. A medio camino se deslizó por una rama hasta situarse justo encima de los gigantes y luego les lanzó las piedras.

Al recibir ese fuerte golpe los gigantes despertaron culpándose entre ellos y comenzaron a discutir, el sastre aprovechó esa oportunidad para desenvainar su espada y matarlos. Después emprendió el camino de vuelta. Al llegar al palacio se presentó ante el rey para pedirle la recompensa. Sin embargo, el rey no podía creerlo y como no quería cumplir su promesa, le pidió que realizara otra hazaña.

– Antes de que recibas la mano de mi hija y la mitad de mi reino, tendrás que llevar a cabo una nueva hazaña: por el bosque anda un unicornio que comete grandes destrozos, tendrás que capturarlo.

Así, el sastrecillo regresó al bosque con un hacha y una cuerda. No tuvo que buscar mucho. El unicornio apareció rápidamente y lo embistió muy fuerte.

El sastrecillo se quedó muy quieto delante de un árbol, esperó a que el unicornio estuviese cerca y saltó ágilmente detrás del árbol. El cuerno del unicornio terminó clavándose en el tronco del árbol, de manera que quedó prisionero.

En ese momento el sastre salió, ató la cuerda al cuello de la bestia, cortó el cuerno de un hachazo y le llevó su presa al rey. Sin embargo, una vez más el rey se negó a entregarle el premio y le exigió un tercer trabajo. Antes de que la boda se celebre, el sastrecillo tendría que cazar un feroz jabalí que rondaba por el bosque.

– ¡No faltaba más! – dijo el sastrecillo.

Se dirigió nuevamente al bosque a buscar al jabalí. Tan pronto el animal divisó al sastrecillo, lo acometió con los agudos colmillos y ya estaba a punto de derribarlo cuando el héroe huyó a todo correr y se escondió dentro de una capilla. Saltó por la ventana del fondo y, de otro salto, salió por el otro lado. El jabalí se abalanzó tras él, pero ya el sastrecillo había dado la vuelta y cerró la puerta de un golpe, así que la enfurecida bestia quedó prisionera. Satisfecho con su trabajo, el sastrecillo regresó al palacio.

En esta ocasión, al rey no le quedó más remedio que cumplir su promesa, así que le dio la mano de su hija y la mitad del reino. La boda se celebró con gran esplendor y el sastrecillo vivió feliz junto a su amada esposa.

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