Cuento infantil: Juan y las habichuelas mágicas

Cuento Juan y las habichuelas mágicas

“Juan y las habichuelas mágicas” es una versión traducida al castellano del cuento infantil inglés “Jack and the beanstalk” de Hans Christian Andersen. Se trata de una historia muy singular que, a través de la fantasía, le desvela a los más pequeños la importancia de desarrollar algunas cualidades como la valentía, la tenacidad, el esfuerzo y sobre todo, el ingenio.

Un cuento para disfrutar en familia

Juan vivía con su madre en una pequeña cabaña del bosque. Poco después de que su padre muriera y su madre quedara viuda, la situación de la familia empeoró tanto que la madre tuvo que pedirle a Juan que fuera a la ciudad para intentar vender su única posesión valiosa: una vaca. El niño tomó la vaca y se dirigió a la ciudad. En el camino encontró a un hombre que le preguntó:

– ¿Adónde vas con esa vaca? ¿Quieres venderla?

Juan le explicó que se dirigía a la ciudad para vender la vaca porque él y su madre necesitaban el dinero. El hombre le dijo que no podía pagarle el precio de la vaca pero que podía darle unas habichuelas a cambio. Le explicó que se trataba de unas habichuelas mágicas que podían darle mucho más beneficios que el dinero que conseguiría por la vaca. Sin pensarlo dos veces, Juan aceptó el cambio y volvió a casa muy contento con su bolsa de habichuelas. Cuando llegó, le mostró a su madre la bolsa y esta, con gran disgusto y desesperación, rompió en llanto. Contrariada, la madre tomó las habichuelas y las arrojó a la tierra diciéndole al niño:

– Estamos perdidos, nuestro único tesoro era la vaca y ahora ni siquiera podemos contar con ella.

Al día siguiente, cuando Juan se levantó y abrió la ventana de su habitación, vio que las habichuelas habían crecido tanto que sus ramas se perdían de vista. Sin pensarlo dos veces, trepó por la planta y subió lo más alto que pudo, por encima de las nubes, hasta que llegó a una ciudad desconocida.

Juan bajo de la planta y comenzó a recorrer la ciudad. Había andado muy poco cuando vio un enorme castillo que pertenecía a un malvado gigante. En el castillo había una gallina que ponía huevos de oro cada vez que se le ordenaba. Entonces Juan pensó que con los huevos de aquella gallina él y su madre podrían tener el dinero que necesitaban para comprar la comida. Esperó a que el gigante se durmiera y, muy despacito, se llevó algunos huevos de la gallina. Salió corriendo del castillo, llegó hasta las ramas de las habichuelas y comenzó a bajar poco a poco. Ya en el suelo, salió corriendo hasta la cabaña y le contó a su madre lo que había sucedido. Su madre se puso muy contenta y así vivieron un tiempo hasta que el dinero por el que habían vendido los huevos de oro se terminó.

Entonces Juan volvió a trepar por la planta hasta el castillo del gigante, pero esta vez, en vez de llevarse más huevos, decidió que era mejor tomar la gallina. Así que esperó a que el gigante se durmiera, tomó a la gallina, la metió dentro de una bolsa y salió disparado hacia su casa. Con los huevos que ponía la gallina su madre y Juan vivieron tranquilos por mucho tiempo, hasta que un día la gallina se murió.

En esta ocasión, Juan volvió a treparse por la planta y regresó al castillo. Se escondió tras una cortina y vio cómo el gigante contaba las monedas de oro que sacaba de una gran bolsa. Solo tuvo que esperar a que el gigante se durmiera y rápidamente recogió la bolsa con las monedas de oro y echó a correr hasta la planta, descendió y llegó a su casa.

Con las monedas de oro tuvieron dinero para vivir mucho tiempo. Sin embargo, las monedas también se acabaron y Juan tuvo que volver a escalar una vez más las ramas de la planta para ir al castillo del gigante en busca de un nuevo tesoro. En esta ocasión vio al gigante guardar en un cajón una cajita que, cada vez que se levantaba la tapa, dejaba caer una moneda de oro.

En cuanto el gigante salió de la habitación, el niño tomó la cajita y la guardó. Desde su escondite, Juan vio que el gigante se tumbaba en un sofá, mientras escuchaba el sonido de un arpa cuyas cuerdas se tocaban solas. De sus cuerdas salía una preciosa música. Mientras el gigante escuchaba aquella melodía, comenzó a dormirse. Juan aprovechó la ocasión para coger el arpa y echar a correr. Sin embargo, lo que no sabía era que el arpa estaba encantada, así que cuando la tomó en sus manos, del arpa salió una voz:

– ¡Señor, despierte, que me roban!

El gigante se despertó sobresaltado y empezó a perseguir a Juan, que corría desesperado para llegar a la planta. Comenzó a descender rápidamente, pero al mirar hacia arriba vio que el gigante también descendía por ella. No tenía tiempo que perder. Así que mientras descendía, Juan le gritó a su madre que le llevara un hacha.

Su madre acudió con el hacha y Juan, de un certero golpe, cortó el tronco de la habichuela mágica. Al caer, el gigante se estrelló contra el suelo y murió. Juan y su madre vivieron felices con la cajita que, cada vez que se abría, dejaba caer una moneda de oro.

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