Cuento infantil: La bella durmiente

Un cuento clásico lleno de amor

La bella durmiente cuento corto infantil

“La bella durmiente”, también conocido como “La bella durmiente del bosque”, es uno de los cuentos de hadas que todo padre debería leerle a su hijo. Una de las versiones más conocidas ha llegado de la mano del escritor francés Charles Perrault, aunque también es muy popular el cuento de los hermanos Grimm, una obra que décadas más tarde Walt Disney decidió llevar a la gran pantalla.

“La bella durmiente” trata de una bonita historia de amor sobre una joven princesa condenada a dormir eternamente hasta que llegase a su vida el verdadero amor. Se trata de un cuento que habla sobre la bondad y que ensalza el valor del amor, demostrando que es capaz de superar todos los obstáculos.

La bella durmiente: Una historia de fantasía que hará soñar a los más pequeños

Hace muchos años, en un reino muy lejano vivían un rey y una reina eran muy felices, pero a veces suspiraban porque no tenían un hijo que les alegrara la vida. Aquel era uno de sus mayores deseos pero aún así, el añorado hijo no llegaba. Al cabo de algún tiempo, su sueño se hizo realidad y la reina tuvo una niña preciosa.

El rey y la reina no podían ocultar su inmensa dicha y decidieron organizar una fiesta. Invitaron a sus familiares, amigos y conocidos, así como a las hadas que siempre habían protegido al reino. Sin embargo, eran trece hadas y como solo tenía doce platos de oro para servirles en la cena, decidieron invitar solo a doce de ellas.

La fiesta se celebró con gran esplendor, todos bailaban, reían y comían. Casi al finalizar, los invitados se acercaron a los reyes para conocer personalmente a la princesa y ofrecerle un regalo. Cuando llegó el turno de las hadas, cada una fue obsequiándole a la niña sus mejores regalos: una le regaló la Virtud, otra la Belleza, la siguiente la Riqueza, y así cada una fue dándole un precioso don como obsequio.

Sin embargo, cuando el hada número once había terminado de darle su regalo, entró intempestivamente en el salón el hada que no había sido invitada. Quería vengarse porque la habían excluido, así que sin presentarse, ni mirar a nadie, gritó dirigiéndose a la niña:

– ¡La hija del rey, cuando cumpla sus quince años, se punzará con un huso de hilar y caerá muerta inmediatamente! – y sin decir más, dio media vuelta y abandonó el salón.

Todos quedaron atónitos y el rey y la reina comenzaron a llorar desconsoladamente. Sin embargo, nadie se había percatado de que aún quedaba un hada que no había anunciado su regalo. El hada se adelantó, llegó hasta la niña y dijo:

– No puedo retirar el maleficio. Pero puedo hacer algo para ayudar. Cuando la princesa cumpla los quince años, no morirá, sino que entrará en un profundo sueño durante cien años hasta que un príncipe la despierte con un beso de verdadero amor.

Al día siguiente, el rey intentó por todos los medios evitar que se cumpliera tal desdicha por lo que ordenó que toda máquina hilandera o huso que existiera en el reino fuera destruida. Y en los años que siguieron se tomaron todas las precauciones posibles. En tanto, los dones que les habían obsequiado las otras doce hadas se cumplían: la princesa cada vez era más hermosa, modesta, inteligente y sabia. De hecho, encantaba inmediatamente a todo aquel que la conocía.

El día en que cumplía sus quince años, el rey y la reina salieron temprano del palacio y la doncella se quedó sola. Aprovechó la oportunidad para recorrer el palacio, entró a las habitaciones, los salones, la cocina y, por último, llegó al pie de una vieja torre. Nunca antes la había visto así que subió las angostas escaleras de caracol que conducían hasta una pequeña puerta. En la puerta había una vieja llave colocada en la cerradura, la princesa la giró y abrió. En la habitación había una anciana sentada hilando en un huso.

– Buen día, señora. ¿Qué hace? – dijo la hija del rey.

– Estoy hilando – respondió la anciana.

– ¿Y qué es esa cosa que da vueltas y emite un sonido tan bonito? – volvió a preguntar la joven.

La princesa se acercó y quiso probar. Sin embargo, nada más tocar el huso, el maleficio se cumplió: se pinchó el dedo y cayó al suelo. A los gritos de la anciana, acudieron los sirvientes del palacio, pero el agua, los pellizcos en la mejilla y todos los intentos por reanimar a la joven fueron en vano. Al regresar los reyes se enteraron de la triste noticia y desconsolados mandaron a colocar a la princesa en la cama de la habitación más bella del palacio.

La noticia también llegó hasta las hadas, quienes acudieron inmediatamente al palacio. La misma hada que había cambiado el maleficio, tuvo una brillante idea: también haría que resto del reino durmiera, así cuando la princesa despertara, no se encontraría sola. Con su varita mágica, fue pasando por todo el reino para sumirlo en un profundo sueño.

Los sirvientes quedaron inmóviles en sus faenas, los caballos se durmieron en el establo, los perros en el césped, las palomas en los aleros del techo, las moscas en las paredes, incluso el fuego del hogar que flameaba quedó sin calor, la carne que se estaba asando se detuvo y el cocinero que en ese momento iba a reñirle a su joven ayudante, se quedó dormido. El viento se detuvo y en los árboles cercanos al castillo, no se movía ni una hoja. Los reyes también se quedaron dormidos en sus asientos reales.

Además, el hada hizo crecer un extraño y frondoso bosque alrededor del palacio para que lo mantuviese oculto de los curiosos. Sin embargo, la historia de la bella durmiente se hizo popular en toda la región y con el paso del tiempo comenzaron a llegar algunos hijos de reyes para intentar atravesar el muro de espinos y llegar hasta el castillo. Ninguno pudo lograrlo porque los espinos estaban tan unidos que no podían cortarlos.

Al cabo de cien años, un príncipe que pasaba cerca escuchó la historia de boca de un anciano, quien contaba que detrás de los espinos se escondía una bellísima princesa que había estado dormida durante cien años, al igual que los reyes y su corte. El joven príncipe quiso saber si era cierto y se lanzó a la aventura.

E príncipe comenzó a cortar los espinos y las ramas caían con facilidad a su paso. Así, fue acercándose poco a poco hasta el palacio y comenzó a divisar a los caballos, los perros de caza, las palomas en los aleros. Todo era muy extraño, ¡parecía que dormían profundamente! Cuando entró al palacio, las moscas dormían sobre las paredes, el cocinero aún tenía extendida su mano para reñir al ayudante y la criada estaba sentada con la gallina negra que tenía que desplumar. Continuó avanzando y en el gran salón vio a toda la corte que yacía dormida y en el trono, al rey y la reina.

Siguió recorriendo el palacio y finalmente llegó hasta la torre donde descansaba la bella princesa. Se acercó a la habitación, abrió la puerta y vio a la joven que yacía sobre la cama. Era tan hermosa que se quedó prendado de ella. Entonces se acercó y, sin poder contenerse, la besó. Al instante, la princesa abrió sus ojos y despertó, lo miró dulcemente y se abrazaron. Al mismo tiempo, toda la corte comenzó a despertar: los caballos en el establo se levantaron y se sacudieron, los perros cazadores se levantaron, las palomas en los aleros del techo echaron a volar, el fuego del hogar alzó sus llamas y terminó de cocinar la carne, el cocinero terminó de reñir a su ayudante y la criada desplumó la gallina dejándola lista para el cocido.

Los príncipes se presentaron ante los reyes, que abrazaron felices a su hija y días después celebraron la boda del príncipe y la princesa, a la que fueron invitadas las hadas. Y así vivieron muy felices.

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