Cuento infantil: Blancanieves y los siete enanitos

Cuento corto (resumen) de Blancanieves y los siete enanitos para leer con niños

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“Blancanieves” también conocido como “Blancanieves y los siete enanitos” es uno de esos cuentos de hadas que todo niño debería leer. De hecho, se trata de una historia infantil que ha trascendido a través de los años entreteniendo a niños de diversas generaciones. El cuento fue publicado por primera vez en Alemania, sin embargo la historia se hizo realmente famosa con la versión que popularizaron los hermanos Grimm, la misma versión que años más tarde llevó Disney a la pantalla chica.

“Blancanieves y los siete enanitos” es una historia que versa sobre la envidia y la sobrevaloración de la apariencia física. Aunque también resalta el valor de la amistad y les enseña a los niños a no relacionarse con extraños. Una historia perfecta para enseñarles la importancia de aprender a aceptarse uno mismo y a ser verdaderamente auténtico.

El cuento de “Blancanieves y los siete enanitos”

Erase una vez una hermosa reina que no tenía hijos y que deseaba con anhelo una niña. Un día mientras tejía con su aro de ébano contemplando el horizonte se pinchó el dedo con la aguja y algunas gotas de sangre cayeron sobre la nieve que se había acumulado en la ventana. La reina se quedó mirando el bello contraste de la sangre roja sobre la blanca nieve y su aro de ébano.

– ¡Como quisiera tener una hija que tuviera la piel tan blanca como la nieve, los labios rojos como la sangre y el cabello negro como el ébano! – dijo suspirando en voz alta

Poco tiempo después, su deseo se hizo realidad y nació una hermosa niña con piel blanca, labios rojos y cabello negro a quien dio el nombre de Blancanieves.

Desafortunadamente, la reina murió cuando la niña era muy pequeña y poco después el padre de Blancanieves volvió a casarse con una hermosa mujer. Tanta era la belleza de la nueva reina que pasaba todo el día contemplándose frente al espejo. Pero no frente a un espejo cualquiera, sino frente a un espejo mágico al que le podía preguntar todo lo que quisiera. Así que cada día se paraba frente a su espejo y le preguntaba:

– Espejo mágico, ¿quién es la más hermosa del reino?

Y el espejo le respondía:

– ¡Oh reina! Tú eres la más hermosa de todas las mujeres.

Así pasaron los años. La reina seguía tan absorta en su belleza que apenas le dedicaba tiempo a sus deberes en el reino. Mientras tanto Blancanieves crecía a ojos vista y al llegar a los quince años se había convertido en una joven muy bella a la que todos adoraban. El día en que se celebraba en todo el reino la fiesta de los quince años de Blancanieves, antes de salir de su alcoba, la reina fue hasta su espejo mágico y como solía hacer, le preguntó:

– ¿Quién es la más bella de este reino? – preguntó la reina.

Pero en esa ocasión el espejo no tenía la misma respuesta.

– Majestad es usted muy hermosa, pero hay alguien que es más bella aún. ¡Blancanieves es la más hermosa del reino!

La reina entró en cólera. Comenzó a tirar las cosas de su habitación por doquier. Llena de ira y de envidia mandó a llamar a su más fiel cazador y le ordenó:

– Al terminar la fiesta, llévate a Blancanieves a lo más profundo del bosque y mátala. Como prueba de haber cumplido mi orden, tráeme en este cofre su corazón.

El cazador inclinó la cabeza como señal de obediencia y en cuanto acabó la fiesta fue en busca de Blancanieves.

– ¿A dónde vamos? – preguntó Blancanieves.

– A dar un paseo por el bosque su Alteza – respondió el cazador.

Sin embargo, el pobre hombre estaba muy acongojado y sabía que no sería capaz de ejecutar la orden de la reina y matar a la princesa. Así que al llegar al medio del bosque, el cazador le explicó a Blancanieves el motivo por el que la había llevado hasta allí y le dijo:

– ¡Vete lejos de aquí y escóndete en un lugar donde la reina no pueda encontrarte! ¡No regreses jamás al palacio!

Dejó que huyera y para que la reina no se percatara que no había cumplido sus órdenes sustituyó el corazón de Blancanieves por el de un jabalí.

– La Reina creerá que es el corazón de Blancanieves. Así la princesa y yo viviremos más tiempo – pensó el cazador.

En tanto, Blancannieves se encontró sola en medio de la oscuridad del bosque. Estaba aterrorizada. Creía sentir a alguien en todas partes y los ruidos que escuchaba le asustaban mucho. Así que corrió sin rumbo fijo. Caminó y caminó durante horas hasta que finalmente vio en un claro del bosque una pequeña cabaña. Se acercó a la cabaña y preguntó mientras tocaba en la puerta:

– ¿Hay alguien en casa?

Como nadie respondía, Blancanieves empujó la puerta y entró. En medio de la habitación vio una mesa redonda servida para siete comensales. Blancanieves volvió a llamar, pero nadie respondió, así que sintiéndose más segura, subió las escaleras que conducían a la planta alta. Allí había siete pequeñas camas pequeñas dispuestas una al lado de la otra.

– Descansaré un poco, ¡estoy tan cansada! – pensó y se acostó hasta que se quedó profundamente dormida.

Sin embargo, lo que Blancanieves no sabía era que la cabaña pertenecía a siete enanitos del bosque. Eran personitas muy pequeñas que tenían barbas muy largas y llevaban sombreros de vivos colores. Pasaban todo el día trabajando y a la noche regresaban a casa después de una larga jornada de trabajo en una mina de diamantes. Esa noche tardaron un poco más en regresar pero cuando llegaron a casa se encontraron con una gran sorpresa. ¡Alguien había entrado en su casa!

Entraron con cuidado, revisaron la habitación y no encontraron nada, así que subieron la escalera.

– ¡Miren! ¡Hay alguien durmiendo en nuestras camas!

Uno de ellos tocó delicadamente el hombro de Blancanieves, quien despertó sobresaltada.

– ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? – preguntaron los enanitos sorprendidos.

Blancanieves les contó su trágica historia y ellos la escucharon asombrados y llenos de compasión.

– Quédate con nosotros. Aquí estarás segura. ¿Sabes preparar tartas de manzana? -preguntó uno de ellos.

– ¡Sí, sí! Puedo preparar cualquier cosa – respondió contenta.

– La tarta de manzana es nuestro postre preferido, así que puedes ayudarnos con las labores de casa y nosotros te daremos cobijo – le dijeron.

Finalmente, Blancanieves se quedó. Ella se ocupaba de las faenas de la casa mientras los enanitos iban a trabajaban en la mina de diamantes y durante la noche ella les contaba divertidas historias. Vivían muy felices aunque los enanitos estaban muy preocupados por la seguridad de Blancanieves.

– No hables con extraños cuando estés sola. Y, sobretodo, ¡no le habrás la puerta a nadie! – le advertían siempre al salir.

– No se preocupen. Tendré mucho cuidado – les prometía Blancanieves.

Los meses pasaron y Blancanieves cada día lucía más hermosa. Pasaba los días leyendo, bordando y cantando hermosas canciones. Algunas veces soñaba que se casaba con un apuesto príncipe y que su vida cambiaba para siempre.

Mientras, en el palacio, la malvada reina convencida de que Blancanieves había muerto, nunca más había vuelto a interrogar a su espejo mágico. Sin embargo, una mañana decidió preguntarle de nuevo.

– ¿Es verdad que soy la más hermosa del reino? – le preguntó

– No, tú no eres la más hermosa, Blancanieves sigue siendo la más hermosa del reino – respondió el espejo.

– ¡Pero Blancanieves está muerta! – gritó desesperada la reina.

– No. Ella sigue viva y vive con los siete enanitos del bosque – le contestó el espejo

La reina encolerizada mandó a buscar al cazador pero este ya se había marchado del palacio. Entonces empezó a pensar como haría para deshacerse para siempre de la joven princesa. Pensó en un maléfico plan: iría disfrazada a la casa del bosque y envenenaría a Blancanieves.

A la mañana siguiente, los enanitos salieron a trabajar, se despidieron de Blancanieves y como cada día le dijeron que tuviera mucho cuidado y que no le abriera la puerta a nadie. Cuando los enanitos se fueron, Blancanieves se puso a preparar una tarta de manzanas y sintió que alguien se acercaba a la casa. Se asomó a la ventana y vio cómo se acercaba una viejecita.

– Veo que estas preparando una tarta de manzanas – le dijo la anciana acercándose a la ventana de la cocina.

– Sí – le respondió Blancanieves un poco nerviosa. Le ruego me disculpe pero no puedo hablar con extraños.

– ¡Tienes razón! Pero yo solo quería regalarte una manzana. Las vendo para poder vivir y quizás un día quieras comprarme. Son deliciosas, ya verás. La anciana cortó un trozo de manzana y se lo llevó a la boca.

– ¿Ves hijita? Una manzana no puede hacerte ningún mal. ¡Disfrútala! – dijo alejándose lentamente.

Blancanieves no podía alejar sus ojos de la manzana. ¡No solo parecía inofensiva sino que se veía jugosa e irresistible!

– No puede estar envenenada si la anciana comió un trozo – pensó para sus adentros.

Pero lo que Blancanieves no sabía era que la anciana era en realidad la reina disfrazada y que había envenenado la mitad de la manzana. Así que sin pensarlo dos veces, tomó la manzana en sus manos y le dio un mordisco. A los pocos minutos cayó al suelo, donde la encontraron los siete enanitos al regresar de la mina.

– ¡Esto sin duda es obra de la reina! – gritaron angustiados mientras intentaban reanimar a Blancanieves.

Pero todos sus esfuerzos por despertarla fueron en vano, la joven permanecía inmóvil, no daban ninguna señal de vida. Su aliento ni siquiera empañaba el espejo que los enanitos le ponían cerca de la boca.

Los siete enanitos lloraron amargamente la muerte de Blancanieves y no querían separarse de ella. Tal era su belleza que al verla daba la impresión de que no había muerto sino que estaba simplemente dormida. Pensaron que probablemente fuera víctima de un hechizo, así que decidieron no enterrarla sino ponerla dentro de una urna de cristal y hacer turnos para cuidarla.

Un día un joven príncipe que pasaba por el bosque oyó hablar de la hermosa princesa que yacía en la urna de cristal.

– ¡Quisiera verla! – pensó mientras se dirigía a la casa de los siete enanitos.

Al acercarse a la cabaña, tocó a la puerta y les pidió a los enanitos ver a la bella joven de la que tanto se hablaba. Los enanitos accedieron a que el príncipe la viera. Lo llevaron hasta la urna y cuando el príncipe estuvo ante ella, inmediatamente cayó rendido ante la belleza de Blancanieves. ¡Era la joven más hermosa que jamás había visto!

– ¡Por favor déjenme cuidarla! – les suplicó a los siete enanitos. Yo velaré su sueño y la protegeré por el resto de mi vida.

En un inicio los enanitos se negaron, pero después aceptaron pensando que Blancanieves estaría más segura en un castillo.

Cuando los lacayos del príncipe levantaron la urna de cristal para llevársela, uno de ellos tropezó y la urna de cristal se estremeció. En ese momento, salió de la boca de Blancanieves el trozo de manzana envenenada. Sus mejillas, que hasta entonces eran de un color pálido mortal, comenzaron a teñirse de rosa y sus ojos se abrieron lentamente. Los enanitos no podían contener su alegría. Y el príncipe asombrado, se arrodilló ante Blancanieves y le dijo:

– Deseo con todo mi corazón que seas mi esposa – le dijo el príncipe conmovido.

Blancanieves cautivada por el galante y apuesto príncipe, le respondió:

– Sí, seré tu esposa.

Así, Blancanieves, el príncipe y los siete enanitos se dirigieron al castillo, donde días después se celebró la boda con una gran fiesta. Incluso, invitaron a la malvada reina, quien cuando vio la belleza y la dulzura de Blancanieves, cayó muerta al instante de tanta rabia y envidia.

Blancanieves y el príncipe vivieron felices en un hermoso castillo junto a los siete enanitos que nunca tuvieron que regresar a trabajar a la mina de diamantes.

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