10 cuentos cortos para dormir a los más pequeños de casa

Los cuentos infantiles ayudan a los niños a conciliar mejor el sueño

Cuentos para dormir

Los cuentos infantiles son un recurso excelente para ayudar a los niños a crear una rutina de sueño relajante. De hecho, leerles cuentos cortos a los niños antes de ir a la cama no solo les ayuda a conciliar el sueño más rápido sino que también contribuye a que descansen mejor y se levanten con más energía. Por supuesto, también son una herramienta muy útil para fomentar su interés por la lectura y estimular su curiosidad por el mundo que les rodea.

Sin embargo, para que los niños aprovechen todas estas ventajas es importante elegir bien los cuentos para leer antes de ir a la cama. Además de adaptarse a su edad y nivel de comprensión, lo ideal es elegir cuentos cortos y bonitos que propicien la relajación, en lugar de apostar por historias de terror o misterio que pueden atemorizarlos y causarles pesadillas. En Etapa Infantil hemos recopilado algunos cuentos cortos muy chulos que puedes leerles a los niños antes de dormir.

Diez cuentos infantiles para dormir

1. El conejo en la Luna

Cuento El conejo en la Luna

Hace cientos de años, el dios Quetzalcóatl decidió bajar a la Tierra y viajar por todo el mundo. Sin embargo, tenía la apariencia de una serpiente adornada con plumas de color verde y dorado, así que para que no le reconocieran, adoptó forma humana y emprendió el camino.

Escaló altas montañas, cruzó acaudalados ríos y atravesó muchos bosques sin descanso. Al final de la jornada, sintió que las fuerzas ya no le acompañaban. Había caminado tanto que, al llegar la noche, decidió que era la hora de tomar un descanso para recobrar la energía. Feliz por todo lo que había visto, se sentó sobre una roca en un claro del bosque, dispuesto a disfrutar de la tranquilidad y la paz que se respiraba en ese espacio natural.

Era una preciosa noche de verano. Las estrellas titilaban en el cielo como si fuera un enorme manto de diamantes y, junto a ellas, una enorme luna vigilaba todo desde lo alto. El dios pensó que era la imagen más bella que había visto en su vida.

Al cabo de un rato se percató de que, junto a él, había un conejo que le miraba masticando algo.

– ¿Qué comes conejito?, le preguntó.

– Un poco de hierba fresca. Si quieres puedes probarla, le dijo el conejo.

– Te lo agradezco mucho, pero los humanos no comemos hierba, le respondió el dios.

– Pero entonces ¿qué comerás? Se te ve cansado y hambriento, insistió el conejo.

– Tienes razón. Si no encuentro nada que comer, moriré de hambre, sentenció.

Ese comentario hizo que el conejo se sintiese muy mal ¡No podía consentir que eso sucediera! Se quedó pensativo y en un acto de generosidad, se ofreció al dios.

– Solo soy un pequeño conejo, pero si quieres puedo servirte de alimento. Cómeme a mí y así podrás sobrevivir.

El dios se conmovió por la bondad y la ternura de aquel animalito. Le ofrecía su propia vida para salvarle.

– Me emocionan profundamente tus palabras, le dijo mientras le acariciaba la cabeza– A partir de hoy, siempre serás recordado. Te lo mereces por tu noble gesto.

Entonces, lo tomó en brazos y lo levantó tan alto que su figura quedó estampada en la superficie de la luna. Después, con mucho cuidado, lo bajó hasta el suelo y el conejo pudo contemplar con asombro su propia imagen brillante en la luna.

– Pasarán los siglos y llegarán nuevos hombres, pero allí estará siempre el recuerdo de tu generosidad.

Y así fue. De hecho, aún hoy, si la noche está despejada y miras la luna llena con atención, descubrirás la silueta del bondadoso conejo que hace muchos siglos quiso ayudar al dios Quetzalcóatl.

Adaptación de leyenda azteca


2. La leyenda del múcaro

Cuento La leyenda del múcaro

Cuenta una antigua leyenda que hace mucho tiempo en la isla caribeña de Puerto Rico se celebraban fiestas muy divertidas en el bosque donde todos los animales se reunían para cantar, bailar y compartir.

Cada vez que había una nueva fiesta, las diferentes especies se turnaban para organizar la celebración y garantizar que todo saliera perfecto. En una ocasión, este gran honor les tocó a las aves.

Así que todos los pájaros se reunieron en una asamblea con el objetivo de organizar el trabajo de manera equitativa. Como lo primero y, más importante, era que las invitaciones llegaran con suficiente tiempo de antelación, acordaron enviar como mensajera a la rápida águila de cola roja.

Encantada de ser la elegida para esta tarea, el águila de cola roja fue casa por casa entregando las invitaciones. La última en entregar fue en el árbol donde vivía el múcaro, y para su sorpresa, se encontró al pobre animalito totalmente desnudo.

El águila de cola roja se extrañó muchísimo y sintió como se sonrojaba al tiempo que intentaba disimularlo.

– ¡Buenos días, múcaro! Vengo a traerte la invitación para la próxima fiesta de animales, dijo el águila.

El múcaro reaccionó con poco entusiasmo, ni siquiera se molestó en leerla y le dijo:

– ¡Ah, está bien! Déjala por ahí encima, ya la miraré más tarde.

El águila de cola roja creyó que algo extraño le sucedía y le pareció oportuno interesarse por él.

– Perdona la indiscreción, pero noto que estás desnudo ¿Acaso no tienes ropa que ponerte?

El múcaro se sonrojó y completamente avergonzado, bajó la cabeza.

– No, la verdad es que no tengo nada que ponerme. Lo siento mucho, pero en estas condiciones no podré acudir a la fiesta, dijo.

El águila de cola roja se quedó tan impactada que no supo ni qué decir. Se despidió y con el corazón encogido remontó el vuelo. Nada más regresar convocó una reunión de urgencia para contarles a los demás pájaros la lamentable situación en que se encontraba el pequeño búho.

– ¡Tenemos que hacer algo inmediatamente! ¡No podemos permitir que nuestro amigo se pierda la fiesta solo porque no tiene ropa!

Una cotorra verde de pico color marfil fue la primera en pronunciarse a favor del múcaro.

– ¡Claro que sí, entre todos le ayudaremos! Escuchad, se me ocurre una idea: cada uno de nosotros nos quitaremos una pluma, juntaremos muchas y se las daremos para que se haga un traje a medida. La única condición que le pondremos será que cuando la fiesta termine tendrá que devolver cada pluma a su propietario ¿Qué os parece?

Si algo caracteriza a las aves es la generosidad, así que la cotorra no tuvo que insistir demasiado. Todos los pájaros asintieron y fueron arrancándose con el pico una plumita del pecho. Cuando habían reunido unas cincuenta, el águila de cola roja las metió en un pequeño saco y partió rápidamente a casa del múcaro.

– ¡Toma, amigo, esto es para ti!  Entre unos cuantos amigos hemos juntado un montón de plumas de colores para que te diseñes un traje bonito para ir a la fiesta.

El múcaro se emocionó muchísimo.

– ¿De veras? ¡Pero si son preciosas!, dijo emocionado.

– ¡Sí, lo son! Puedes utilizarlas como quieras, pero tendrás que devolverlas cuando termine la fiesta ¿De acuerdo?

– ¡Oh, por supuesto! ¡Muchas gracias, es un detalle precioso! ¡Ahora mismo me pongo manos a la obra!

El múcaro cogió aguja e hilo y durante una semana trabajó sin descanso confeccionando su traje nuevo. Se esforzó mucho, pero mereció la pena porque la noche de la fiesta estaba terminado. Se lo puso con cuidado y se miró en el espejo.

– Vaya, ¡qué bien me queda! ¿Son imaginaciones mías o estoy muy guapo?

No, no eran imaginaciones suyas ya que en cuanto apareció en la fiesta, su aspecto causó verdadera sensación. Muchos animales se acercaron para decirle que parecía un auténtico galán y las hembras de todas las especies se quedaron prendadas de su elegancia. El múcaro estaba tan orgulloso y se sentía tan atractivo, que se paseó pavoneándose por todas partes para asegurarse de que su aspecto no pasaba desapercibido por nadie.

Vivió una noche increíble, charló con todos, bailó y comió deliciosos canapés ¡Hacía años que no lo pasaba tan bien! Pero cuando la fiesta estaba llegando a su fin, empezó a agobiarse. Sabía que se acercaba la hora de devolver las plumas y le daba muchísima tristeza. Ahora que tenía una ropa tan bonita y que le sentaba tan bien tenía que desprenderse de ella.

Los invitados comenzaron a irse a sus casas y pensó que pronto no quedaría nadie. En un arrebato de egoísmo e ingratitud, decidió que lo mejor era escabullirse por la puerta de atrás para no tener que devolver las plumas. Miró a un lado y a otro, se dirigió a la salida sin llamar la atención, y se internó en el bosque.

Poco después, la orquesta dejó de tocar y los camareros comenzaron a recoger las bandejas de comida donde solo quedaban las migas ¡La fiesta había terminado!

Los pájaros que habían cedido sus plumas tan generosamente buscaron al múcaro por todas partes, pero no tardaron en darse cuenta de que se había esfumado. Esperaron un par de horas a que volviera e incluso alguno salió en su busca, pero nadie fue capaz de localizarle, ni siquiera en su casa que estaba cerrada.  Del múcaro, nunca más se supo.

Cuenta la leyenda que, aunque han pasado muchos años, aún hoy las aves de Puerto Rico buscan al búho ladronzuelo para pedirle que devuelva las plumas, pero el múcaro se esconde muy bien y solo sale de noche para que nadie le vea ni encuentre.

Adaptación de leyenda puertorriqueña


3. La farola dormilona

Cuento La farola dormilona

Erase una vez, una ciudad llena de farolas. Como buenas farolas, trabajaban por la noche y dormían por el día. Cerraban sus ojos cuando a la salida del sol y dormían durante horas. Más tarde, cuando comenzaba a oscurecer, los ojos de las farolas se abrían llenos de luz y se encendían para iluminar las calles.

Así era su vida y a todas les encantaba trabajar de noche, con las calles vacías, toda la ciudad durmiendo y la luna en lo más alto del cielo. A todas menos a una. Esta farola vivía en un parque de la ciudad y la llamaban la farola dormilona porque se pasaba la noche durmiendo y por el día, cuando nadie necesitaba de su luz, se encendía. Sus compañeras la reñían continuamente:

– ¡Como sigas así acabarán por pensar que estás estropeada!

– No te das cuenta de que tu función es estar encendida por la noche, le decían.

– Durante el día no eres más que un gasto de electricidad innecesario.

La farola dormilona sabía que sus amigas tenían razón, pero no podía evitarlo. Disfrutaba estar despierta durante el día, cuando la calle estaba llena de gente y de actividad, cuando los pájaros cantaban alegres y los niños correteaban por el parque.

– Pero es que la noche es tan aburrida. Nunca pasa nada, ni nadie, es muy triste, se justificaba.

Un día llegó al parque un viejo búho. Se había escapado del bosque porque sus ojos cansados ya no podían ver en la oscuridad como antes.

– Vete a la ciudad – le habían dicho sus amigos –. Allí siempre hay luz, incluso de noche.

Así que el viejo búho había cogido todas sus pertenencias y había llegado hasta el parque donde vivía la farola dormilona. Ese día, como era habitual, el búho durmió todo el día y por la noche, al abrir los ojos, se encontró con la cálida luz de las farolas. Tan feliz estaba con aquella iluminación que le permitía ver a sus ojos gastados que se puso a cantar.

Todas las farolas se pasaron días comentando la belleza y singularidad de aquel canto del búho, tan diferente a lo que habían escuchado hasta entonces. Todas, menos la farola dormilona que, como era habitual, había pasado la noche durmiendo.

– ¿Y de verdad es tan extraño ese canto?, preguntó.

– Es increíble, estoy deseando que llegue la noche solo para oírlo.

– Pero, ¿ese tal búho no puede cantar por las mañanas?

– No, si quieres escucharlo tendrás que quedarte despierta por la noche, como todas las demás, le dijeron sus amigas.

Tal fue la curiosidad de la farola dormilona que a la siguiente noche decidió permanecer con sus dos ojos luminosos abiertos. Era la primera vez que se quedaba despierta y le sorprendió mucho la belleza de la luna, el sonido de los grillos entre los arbustos y, sobre todo, el canto profundo del viejo búho.

A la mañana siguiente estaba tan cansada, tras haberse mantenido despierta tantas horas, que no le quedó más remedio que dormir durante todo el día. Hasta que llegó la oscuridad y sus ojos volvieron a abrirse para iluminar la noche.

Y así, día tras día. Noche tras noche. Nadie más volvió a llamarla la farola dormilona.

Adaptación del original de María Bautista y Raquel Blázquez


4. Saber esperar

Cuento Saber esperar

Un día hermoso Adela, la mariposa se fue a dar un paseo. En cuanto se apoyó en una plantita vio una oruga, tan pero tan pequeña, que le llamó especialmente la atención. Pensó que era muy hermosa, pero como no sabía qué era realmente, fue a preguntarle a su mamá:

– ¿Mamá qué es esto?

Su mamá le dijo:

– Es una oruga y de ella nacerá una preciosa mariposa, primero será un gusanito y luego nacerá una hermosa mariposa como tú.

Emocionada, Adela emprendió vuelo y fue a contarle lo sucedido a sus amigas, Lucia, Martina, Marisa, Gina y Ayelén. Adela les invitó a ir a ver a la oruga y al llegar Ayelén, la mayor de todas exclamó:

– Pero qué cosa más fea, dijo nada más ver a la oruga.

Martina le apoyó:

– Sí, es cierto, es horrible.

– ¡Este capullo es precioso, esperen y verán!, respondió Adela muy convencida.

Sus amigas no lo tenían tan claro, así que se despidieron rápidamente y le dijeron que regresarían al día siguiente para ver si ya había cambiado de aspecto. Adela estaba tan enfadada porque sus amigas no le creyesen que apenas pudo pegar ojo durante la noche. Quería que la oruga se convirtiese rápidamente en mariposa para que sus amigas se convencieran. Al otro día se levantó temprano y fue a ver a su amiga Ayelén:

– Veamos qué ha pasado con la oruga.

Cuando llegaron, ya estaban allí Lucia, Martina, Marisa y Gina. Las amigas se burlaron de Adela.

– Ves. Sigue siendo horrible. ¡Ja! ¡Ja!, le dijeron.

Adela les pidió esperar un día más y regresar. Al día siguiente todas volvieron y se encontraron con que la fea oruga se había convertido en una mariposita preciosa y muy simpática.

– Ven chicas, no hay que tener tantos prejuicios y sobre todo hay que tener paciencia para saber esperar.

Las mejores cosas de la vida se disfrutan más cuando sabemos esperar por ellas.

Adaptación del original de Daiara Olave


5. El niño de la luna

Cuento para dormir El niño de la luna

¿Sabías que en las estrellas vive el niño de la luna que, con grandes saltos, va cada noche de un sitio a otro para comprobar si los niños duermen felices?

El niño de la luna les regala a los padres polvitos lunares para que, con suaves caricias en la frente de sus hijos, les ayuden a viajar al mundo de los sueños. En este mundo mágico pueden ser y hacer lo quieran. Pueden convertirse en reyes, reinas, guerreros, cocineros, médicos, astronautas, bomberos, policías, maestros, héroes y heroínas. Allí hay miles de historias que vivir y cientos de sueños que cumplir.

El niño de la luna canta suavemente en los oídos de todos para que, poco a poco, se vaya iniciando el viaje al fantástico mundo de los sueños. Visita las habitaciones de todos los pequeños para saber si están durmiendo bien. Y es capaz de contar hasta mil hasta que todos los niños vayan cerrando los ojos.

El niño de la luna se detiene un momento para contemplar el cielo nocturno. Con su baile, puede llegar hasta las montañas más altas y las aguas más cristalinas. Va danzando por todas partes y vigilando hasta que todos los animales de la Tierra puedan dormirse.

Cuando está muy cansado, uno de sus mejores amigos lo acompaña para seguir bailando. Es un águila blanca pura de corazón que emprende el vuelo hasta conseguir dormir al último de los niños. Tras conseguirlo, revisan que las lamparitas de cada mesilla estén apagadas. Y, cuando han cumplido su misión, se regresan a la luna.

Así que si alguna vez, al dormir, sientes que se te pone la carne de gallina o percibes un ligero frío o calorcillo por la espalda o tus hombros, ¡es el niño de la luna que ha venido a ver si ya estás durmiendo!

Anónimo


6. La enseñanza sobre el amor

Cuento La enseñanza sobre el amor

Hace muchos años, dos jóvenes de la tribu de indios Sioux, que habitaba en las grandes praderas de Norteamérica, se enamoraron perdidamente. Él era un valiente guerrero llamado Toro Bravo, y su amada, una preciosa joven de nombre Nube Azul.

Los dos jóvenes se querían tanto que su único temor era que un día su amor se disolviera en el aire y se lo llevara el viento. Juntos eran tan felices que se preguntaban qué debían hacer para evitar que esto sucediera.

Como no encontraban manera de asegurarse de que su amor iba a durar para siempre, una mañana se acercaron al gran jefe de la tribu para pedirle consejo.

Saludaron con cortesía al respetable anciano y Toro Bravo le contó su preocupación.

– Gran Jefe, hay algo que nos preocupa y necesitamos su ayuda. Nube Azul y yo nos amamos muchísimo y queremos que nuestro amor no termine nunca. Queremos que le pida a los dioses que nos mantengan unidos para siempre.

El sabio jefe levantó la mirada y contempló a la feliz pareja. Después, les dijo lo que pensaba.

– No invocaré a los dioses, pero tengo un consejo que daros.

Nube Azul sonrió a su enamorado y escuchó atentamente las instrucciones del jefe.

– ¡Hable, por favor, haremos lo que nos indique!

El anciano fue muy claro:

– Tú, Nube Azul, tendrás que subir la altísima montaña donde anidan los halcones y buscar el más fuerte y hermoso de todos. Cuando lo encuentres, atrápalo con mucho cuidado para no hacerle daño. Después esperarás en la cima hasta que salga la luna llena, y tres días más tarde, bajarás al poblado y lo traerás sano y salvo.

La joven asintió.

– Así lo haré, señor.

El gran jefe suspiró y clavó su mirada en el joven.

– Tú, Toro Bravo, escalarás la escarpada y peligrosa montaña donde anidan las águilas para encontrar la más robusta y valiente de todas. Como Nube Azul, la capturarás y esperarás en la cumbre hasta que la luna llena asome en el firmamento. Tres días después, regresarás aquí con el águila sana y salva.

Toro Bravo también aceptó el desafío.

– Confíe en mí.

Toro Bravo y Nube Azul se abrazaron y cada uno tomó un camino distinto. Ambos estaban dispuestos a llevar a cabo la difícil misión para preservar su amor.

Pasó el tiempo acordado y los jóvenes se reencontraron en el camino de entrada al poblado. Cada uno regresaba con un ave enorme bajo el brazo: ella con el más hermoso halcón que pudo encontrar y él con el águila más fuerte que jamás se había visto por aquellas zonas.

Cuando se presentaron ante el anciano estaban nerviosos e intrigados. Toro Bravo, de nuevo, fue el primero en hablar.

– Aquí estamos, señor. Díganos qué tenemos que hacer con estas aves ¿Quiere que nos las comamos? ¿Debemos soltarlas o quizá regalárselas a alguien?

El gran jefe negó con la cabeza.

– No, nada de eso. Lo único que tenéis que hacer es atarlas una a la otra por las patas y observar.

La pareja no entendió cuál era el propósito, pero obedeció. Nube Azul cogió un trozo de cuerda y, con ayuda de Toro Bravo, ató la pata derecha del halcón a la pata izquierda del águila, asegurándose de que el nudo fuera lo suficientemente resistente.

Después, se cogieron de la mano y se quedaron mirando cómo las dos aves intentaban volar y no podían. Por mucho que batían las alas les resultaba imposible levantar el vuelo. De tanto intentarlo y debido a la angustia de verse inmovilizados, los animales se pusieron muy nerviosos y empezaron a atacarse entre ellos.

El anciano miró las caras asustadas de Toro Bravo y Nube Azul y les dijo:

– Como veis es imposible volar cuando uno está amarrado a otro. En el amor sucede lo mismo. Si queréis amaros eternamente, volad juntos, acompañaos siempre, pero nunca os sintáis atados. Tenéis que ser personas independientes para sentiros libres y poder dar lo mejor de vosotros mismos. Éste es mi consejo: compartid vuestra vida, pero jamás os sintáis prisioneros el uno del otro. Sólo así lo lograréis.

Sin decir nada más, el gran jefe cortó la cuerda y dejó en libertad al águila y al halcón.

Adaptación cuento popular de la tribu de indios Sioux


7. El regalo de las palomas

Cuento El regalo de las palomas

Antiguamente, en la vieja ciudad china de Handan, existía una costumbre extraña y muy curiosa que llamaba la atención de todos los visitantes de otras partes del país: los habitantes de Handan sabían que su amado rey adoraba las palomas y por esa razón las cazaban durante todo el año para entregárselas como regalo.

Cada día, campesinos, comerciantes y otras muchas personas de diferente condición, se presentaban en palacio con dos o tres palomas salvajes. El monarca las aceptaba emocionado y después las encerraba en grandes jaulas de hierro que se encontraban en una galería acristalada que daba al jardín.

La gente de Handan se preguntaba para qué quería tantas palomas. Todo el mundo estaba intrigadísimo y corrían rumores de todo tipo, pero el caso es que nunca nadie se atrevió a investigarlo por temor a las represalias. A fin de cuentas, el rey tenía derecho a hacer lo que le viniera en gana.

Pasaron los años y sucedió que, una mañana de primavera, un joven muy decidido se plantó ante el soberano con diez palomas que se revolvían nerviosas dentro de una gran cesta de mimbre. El monarca se mostró francamente entusiasmado.

– Gracias por tu regalo, joven ¡Me traes una decena de palomas! Seguro que has tenido que esforzarte mucho para atraparlas y lo valoro mucho ¡Toma, ten unas monedas, te las mereces!

Viendo que el soberano parecía un hombre alegre y cordial, se animó a preguntarle para qué las quería.

– Alteza, perdone mi indiscreción, pero estoy muy intrigado ¿Por qué le gusta tanto que sus súbditos le regalemos palomas?

El monarca abrió los ojos y sonrió de oreja a oreja.

– ¡Eres el primero que me lo pregunta en treinta años! ¡Demuestras valentía y eso dice mucho de ti! No tengo ningún problema en responderte porque lo hago por una buena causa.

Le miró fijamente y continuó hablando.

– Cada año, el día de Año Nuevo, realizo el mismo ritual: mando sacar las jaulas al jardín y dejo miles de palomas en libertad. Es un espectáculo bellísimo ver cómo esas aves alzan el vuelo hacia el cielo y se van para no regresar.

El joven puso cara de no comprender la explicación. Titubeando, le hizo una nueva pregunta.

– Supongo que es una exhibición increíble pero, ¿es la única razón por la que lo hace, señor?

El rey suspiró profundamente y respondió con orgullo:

– No, joven, no. Lo hago sobre todo porque al liberarlas estoy demostrando que soy una persona compasiva y benévola. Me gusta hacer buenas obras y me siento muy bien regalando a esos animalitos lo más preciado que puede tener un ser vivo: ¡la libertad!

¡El joven se quedó muy confundido! Por muchas vueltas que le daba no entendía dónde estaba la bondad en ese acto. En lugar de quedarse callado, se dirigió de nuevo al soberano.

– Disculpe mi atrevimiento, pero si es posible me gustaría compartir una reflexión.

El rey aceptó escuchar lo que el chico tenía que comentar.

– No tengo inconveniente ¡Habla!

– Como sabe somos muchos los ciudadanos que nos pasamos horas cazando palomas para usted; y sí, es cierto que atrapamos muchísimas, pero en el intento otras mueren porque las herimos sin querer. De cada diez que conseguimos capturar, una pierde la vida enganchada en la red. Si de verdad se considera un hombre bueno, lo mejor es que prohíba su caza.

Inmediatamente, el monarca saltó del trono y con su voz profunda gritó:

– ¡¿Me estás diciendo que prohíba su caza?! ¡¿Cómo te atreves…?!

El joven no se amedrentó y siguió con su razonamiento.

– ¡Sí, señor, eso le propongo! Por culpa de la caza muchas palomas mueren sin remedio y las que sobreviven pasan meses encerradas en jaulas esperando ser liberadas. ¿No le parece absurdo tenerlas cautivas tanto tiempo? ¡Ellas ya han nacido libres!

El rey se quedó en silencio. Hasta ese momento jamás se había parado a pensar en las consecuencias de sus actos. Creyendo que hacía el bien, en realidad estaba privando de la libertad, o incluso de la vida, a miles de palomas cada año solo por darse el gusto soltarlas.

Tras un rato absorto en sus pensamientos reconoció su error.

– ¡Es cierto! Tus palabras me han hecho cambiar mi opinión. Tienes toda la razón: esta tradición no me convierte en una buena persona y tampoco en un rey más justo  ¡Hoy mismo mandaré que la prohíban!

Antes de que el chico pudiera decir nada, el monarca chascó los dedos y un sirviente le acercó una caja dorada adornada con impresionantes rubíes, rojos como el fuego. La abrió, cogió un saquito de tela repleto de monedas de oro y se la entregó al joven.

– Tu consejo ha sido el mejor que he recibido en muchos años así que aquí tienes una buena cantidad de dinero como muestra de mi agradecimiento. Creo que será suficiente para que vivas bien unos cuantos años, pero si algún día necesitas algo no dudes en acudir a mí.

El joven se guardó la bolsa en el bolsillo del pantalón, hizo una reverencia muy respetuosa, y sintiéndose muy feliz consigo mismo regresó a su hogar. La historia se propagó por todo Handan y el misterio de las palomas quedó resuelto para siempre.

Adaptación de fábula china


8. La estrellita de mar

Cuento La estrellita de mar

Había una vez una estrellita del mar muy bella, por dentro y por fuera. Todos los habitantes del océano eran testigos de esa belleza y se lo hacían saber cada día al cruzarse con ella. Era muy admirada y querida bajo el fondo del mar. Sin embargo, la estrellita siempre estaba triste.

Cuando salía a la superficie del mar, la estrellita contemplaba el cielo y envidiaba el brillo y la luminosidad de aquellas otras estrellas. Compartían el nombre, pero esta estrellita se sentía más fea e inferior que ellas. Cada vez que se asomaba a la superficie del mar, deseaba con toda la fuerza de su corazón convertirse en una de aquellas estrellas brillantes y luminosas del firmamento. Y llegó a ser tan fuerte ese deseo que ya no podía ser feliz.

Un pez amigo suyo, que observaba su desdicha, le dijo:

– Estrellita, no tienes nada que envidiar a tus hermanas del cielo, tu belleza es tan o más brillante que la de ellas. Tú eres valiosa por fuera y por dentro.

La estrellita estaba agradecida por las palabras de su amigo, pero no se convenció y seguía sintiéndose triste y soñando con ser de otra manera. Suspiraba noche tras noche y se recreaba en su tristeza contemplando el cielo, cada vez un poquito más triste.

Sin embargo, un día la estrellita soñó que era una estrella del Universo, esa con la que tantas veces había fantaseado. Sin embargo, desde el cielo el mar se veía muy lejos y no podía ver a sus amigos. También estaba lejos del resto de las estrellas del cielo, a pesar de que desde el agua parecían amontonarse y estar todas muy unidas. Y allí, en su sueño, dejó de sentirse dichosa en el cielo.

Al despertar, la estrellita comprendió lo que aquello significaba y se dio cuenta de cuán afortunada era en el mar. Comprendió que en la vida nada es perfecto y que no se puede tener todo, por ello tenemos que aprender a aceptarnos como realmente somos y a querer todo lo que tenemos en nuestra vida. Solo así, se puede conseguir la verdadera felicidad.

Anónimo


9. Los duendes

Cuento Los duendes

En una pequeña aldea entre las montañas, había una casita en la que vivía una mujer que se dedicaba en cuerpo y alma a cuidar a su querido bebé. El pequeño era precioso. Tenía el pelo rubio, las mejillas regordetas y sonrosadas, y cuando sonreía, enseñaba dos dientecillos blancos como dos copitos de nieve. Era tan bonito y dulce que su mamá se pasaba horas mirándole.

¡Se sentía tan feliz a su lado! Cada día le alimentaba con mucho mimo para que creciera sano y fuerte. Después de comer, le ponía el pijama para que estuviera calentito y le acunaba con las nanas más dulces. En cuanto el pequeño se dormía, cerraba las contraventanas para que no le molestara la luz y aprovechaba ese ratito de tranquilidad para hacer las tareas del hogar.

Pero un día de abril, algo terrible sucedió: unos duendes bromistas se colaron en la habitación del bebé, saltaron dentro de la cunita y se lo llevaron. En su lugar, colocaron sobre el colchón un monstruo feísimo de cabeza enorme y ojos saltones como los de un sapo gigante.

Cuando al rato la buena mujer fue a despertar a su hijito, se llevó las manos a la cara y un grito aterrador salió de su boca.

– ¡Oh, qué horror! ¿Qué es este ser horrible? ¿Dónde está mi niño?

Desesperada, comenzó a buscar por toda la habitación, pero no había nadie ¡Parecía que se lo había tragado la tierra! Sólo se oían los gruñidos del espantoso monstruo que pataleaba entre las sábanas con la mirada fija en el techo.

Salió de allí enloquecida y corrió a casa de la vecina para pedirle ayuda.

– ¡Socorro! ¡María, María, ábreme la puerta!

La vecina abrió el cerrojo y vio a la pobre mujer llorando.

– ¿Qué pasa? ¡Tranquilízate y cuéntame qué sucede!

– ¡Es horrible, María! ¡Alguien se ha llevado a mi pequeño!

– Pero, ¿qué dices? En este pueblo sólo vive gente buena y respetable ¡Nadie haría una cosa así!

– ¡Te digo que mi hijo ya no está! Dormía en su cuna y cuando fui a por él, había desaparecido ¡Alguien se lo llevó y dejó en su lugar un monstruo, un ser espantoso y repugnante!

La vecina empezó a atar cabos.

– Creo que ya lo entiendo todo. Esto es cosa de los duendes del bosque ¡Siempre están gastando bromas pesadas y de mal gusto! Te diré lo que vas a hacer para recuperar a tu hijo.

– ¡Sí, por favor, ayúdame!

–  Escúchame atentamente. Coge al monstruo, llévalo a la cocina y siéntalo en una sillita cerca de la chimenea. Después, enciéndela, pon un cazo de agua al fuego, y cuando hierva, echa dentro dos cáscaras de huevo.

–  Pero, ¿para qué? ¡Suena absurdo!

– ¡No lo es! Eso le hará reír y llamará la atención de los duendes. En menos que canta un gallo, regresarán a tu casa, ya lo verás.

–  Pero María, estás segura.

– ¡Venga, venga, no pierdas tiempo y haz lo que te digo!

La madre regresó a la casa pensando que el remedio de su vecina era la tontería más grande que había escuchado en toda su vida, pero no tenía otra opción.

Subió los escalones que llevaban a la habitación de su hijo y agarró al monstruo. Después, lo sentó en una silla pequeña y lo sujetó con una correa para evitar que se cayera. Encendió la chimenea, cogió dos huevos, los vació y puso las cáscaras vacías a hervir en una pequeña vasija. En silencio, la mujer se escondió debajo de una mesa a esperar.

De repente, el monstruito, que no se había perdido ni un detalle de tan rara operación, dijo:

– ¡Como el bosque más antiguo, igual soy yo de viejo, pero en la vida vi a nadie, hervir en agua una cáscara de un huevo!

Y acto seguido, comenzó a reírse a carcajadas.

– ¡Ja ja ja! ¡Ja ja ja! ¡Qué gracioso es esto!

Sus carcajadas eran tan exageradas que atravesaron la puerta de la casa y retumbaron en el bosque. Por supuesto, el eco llegó a oídos de los duendes, quienes reconocieron la voz del monstruo. Como la vecina había previsto, no tardaron en salir de sus refugios llenos de curiosidad ¡Querían saber qué era tan divertido que le producía esas risotadas!

Cruzaron el jardín, treparon por las ventanas, y a través del cristal vieron al monstruito, sentado en una silla riéndose. Los duendes se contagiaron y también empezaron a reír sin parar.

¡No había dudas! Ese monstruo era muchísimo más divertido que el niño, que no hacía más que comer, dormir y llorar de vez en cuando. Ni cortos ni perezosos, se colaron por la rendija de debajo de la puerta, y lo volvieron a cambiar: se llevaron al monstruo y dejaron al aburrido bebé humano en la cuna.

En cuanto se acabó el revuelo, la madre se abalanzó sobre su pequeño ¡Qué alegría! ¡La idea había funcionado!

Y así fue cómo, gracias al extraño truco, la mujer de esta historia recuperó a su amado hijo. Mientras, los duendecillos del bosque no volvieron a aparecer por la aldea y se quedaron para siempre con el feo pero simpático monstruito que tanto les hacía reír.

Adaptación del cuento original de los Hermanos Grimm


10. El agujero de la luna

Cuento El agujero de la luna

Cuenta una antigua leyenda que en una época de mucho calor una gran montaña nevada perdió su manto de nieve, y con él toda su alegría. Sus riachuelos se secaron, sus pinos murieron y la montaña se cubrió de una triste roca gris.

La Luna, entonces siempre llena y brillante, quiso ayudar a su buena amiga. Y como tenía mucho corazón, pero no era muy lista, no se le ocurrió otra cosa que hacer un agujero en su base y soplar suave, para que una parte del polvo blanco mágico que le daba su brillo cayera sobre la montaña en forma de nieve.

Una vez abierto, nadie pudo tapar ese agujero. Pero a la Luna no le importó. Siguió soplando y, tras varias noches siguió perdiendo todo su polvo blanco. Sin él estaba tan vacía que parecía invisible, y las noches se volvieron completamente oscuras y tristes. La montaña, apenada, quiso devolver la nieve a su amiga. Pero, como era imposible hacer que nevase hacia arriba, se incendió por dentro hasta convertirse en un volcán.

Su fuego transformó la nieve en un denso humo blanco que subió hasta la luna, rellenándola un poquito cada noche, hasta que esta se volvió a ver completamente redonda y brillante. Pero cuando la nieve se acabó, y con ella el humo, el agujero seguía abierto en la Luna, quien seguía perdiendo su polvo mágico en forma de nieve.

Entonces, emprendió viaje con la esperanza de encontrar otra montaña dispuesta a convertirse en volcán, cuando descubrió un pueblo que necesitaba con urgencia su magia. No tuvo fuerzas para frenar su generoso corazón, y sopló sobre ellos, llenándolos de felicidad hasta apagarse ella misma.

Parecía que la Luna no volvería a brillar, pero al igual que la montaña, el agradecido pueblo también encontró la forma de hacer nevar hacia arriba. Igual que hicieron los siguientes, y los siguientes, y los siguientes. Y así, cada mes, la Luna se reparte generosamente por el mundo hasta desaparecer, sabiendo que en unos pocos días sus amigos hallarán la forma de volver a llenarla de luz.

Anónimo

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