Educación

La leyenda mexicana del nacimiento del Sol y la Luna

Sumérgete en la magia de antiguas narrativas que iluminan el cielo de México.

El sol y la luna, leyenda mexicana para niños
Jennifer Delgado

Jennifer DelgadoEducadora, psicóloga y psicopedagoga

La existencia del Sol y la Luna ha sido a lo largo de la historia uno de los fenómenos que más ha fascinado al ser humano. De ahí que, antes de que la astronomía moderna pudiera dar respuesta a la interrogante sobre cómo se formaron estos astros, las antiguas civilizaciones ya intentaban comprender de dónde provenían esas enormes bolas de luz del firmamento. Así, surgieron preciosas leyendas que brindan una explicación poética y que aún persisten en la cultura de países como México. He aquí algunas de las leyendas aztecas más populares sobre el nacimiento del Sol y la Luna. 

3 leyendas aztecas sobre el nacimiento del Sol y la Luna

1. El Sol y la Luna, una antigua leyenda azteca

Antes de que hubiera luz en el mundo, cuando aún el hombre vivía en las tinieblas, los antiguos dioses se reunieron en Teotihuacan para intentar solucionar ese problema.

– ¿Quién alumbrará al mundo?, preguntaron.

Un dios arrogante que se llamaba Tecuciztécatl, dijo seguro de sí mismo:

– Yo alumbraré al mundo.

Los dioses sabían que solo difícilmente podría conseguirlo, por lo que preguntaron:

– ¿Alguien más quiere ayudar?, se miraron unos a otros, y ninguno se atrevía a ofrecerse para aquella tarea.

– Sé tú el otro que alumbre el cielo, le dijeron a Nanahuatzin, un dios feo, humilde y callado dios que siempre era marginado. 

Y Nanahuatzin obedeció de buena voluntad. Ambos dioses se dieron a la tarea entonces de hacer penitencia para llegar puros al sacrificio. Después de cuatro días, los dioses volvieron a reunirse alrededor del fuego para presenciar el sacrificio de Tecuciztécatl y Nanahuatzin. Entonces dijeron:

– ¡Tecuciztécatl ve tú primero!, el dios hizo el intento, pero le dio miedo y no se atrevió.

Probó cuatro veces, pero no pudo arrojarse. Luego los dioses dijeron:

– ¡Pues Nanahuatzin es tu turno!, y el dios, cerrando los ojos, se arrojó al fuego.

Cuando Tecuciztécatl vio que Nanahuatzin se había arrojado al fuego, sintió vergüenza de su cobardía y también se lanzó. Después los dioses miraron al cielo y dijeron:

– Por ahí aparecerá Nanahuatzin convertido Sol. 

Y así fue. Nadie podía mirarlo directamente porque resplandecía y derramaba rayos por doquier. Cuando miraron al otro lado dijeron:

– Por allí estará Tecuciztécatl hecho Luna.

Entonces, en el mismo orden en que se arrojaron al fuego, los dioses aparecieron en el cielo convertidos en el Sol y la Luna.

2. Versión de la leyenda mexicana sobre el surgimiento de la Luna y el Sol

En una época en que el mundo estaba sumergido en las tinieblas, los dioses se reunieron en Teotihuacan y se preguntaron quién iba a responsabilizarse por la tarea de iluminar al mundo. 

El rico y presuntuoso Tecciztécatl dijo: 

– Yo lo haré.

Sin embargo, era necesario otro candidato para esa difícil tarea. Los dioses designaron entonces al pobre de Nanahuatzin, quien era feo y padecía una enfermedad, pero quien aceptó de buen grado.

Mientras los dioses encendían un gran fuego en un “horno divino”, cada uno de los héroes se retiró a la cúspide de una pirámide para consagrarse durante cuatro días al ascetismo y a la realización de ciertos ritos. Las ofrendas del primero eran imponentes, las del segundo humildes. 

Sin embargo, mientras que el primero ofrecía falsas espinas de coral rojo, el segundo ofrecía verdaderas espinas entintadas con su propia sangre. Antes de la prueba final, cada uno se preparó por sus propios medios, el primero con pompa y el segundo de forma más humilde.

Luego, los dioses se formaron en dos filas creando una especie de camino que conducía al brasero divino. Cada candidato debía ir corriendo y lanzarse a las llamas. Tecciztécatl lo intentó en vano varias veces, pero le faltó valor. El pobre de Nanahuatzin, más valiente, se lanzó a la primera y ganó así la prueba. Su rival, acusado por la vergüenza, lo siguió a las llamas, cuyo furor ya había disminuido. 

Llegó entonces un largo momento durante el cual los dioses esperaban la primera aurora. Finalmente, el cielo comenzó a brillar por todas partes y los dioses se preguntaron por dónde saldría el sol. Solo unos pocos adivinaron que saldría por el este, por donde apareció resplandeciente Nanauatzin convertido en el sol. Pronto le siguió Tecciztécatl, transformado en la luna. Los dos astros brillaban igual, de manera que los dioses decidieron lanzar un conejo a la cara de la luna para que perdiese luminosidad.

Pero ni el sol ni la luna podían moverse. Los dioses decidieron entonces que debían dar su vida para animar al sol. Ehécatl, el viento, se encargó de sacrificar al resto. Una vez engullidos por el sol, el astro seguía inmóvil, pero entonces el viento sopló con todas sus fuerzas para ayudarlo a entrar en movimiento. La luna se quedó atrás y desde entonces ambos astros caminan por separado.

3. Versión sobre el surgimiento del Sol y la Luna

Cuenta la leyenda que hace mucho tiempo la Tierra siempre estaba en la oscuridad. Un día los dioses más poderosos se reunieron un día para crear el Sol y regalarle así la luz a la Tierra. Se dieron cita en Teotihuacán, una ciudad en el cielo bajo la cual se encontraba la ciudad mexicana del mismo nombre.

Entonces, en la ciudad celeste de Teotihuacán, encendieron una enorme hoguera. Aquel dios poderoso que quisiera sacrificarse, debía saltar hacia esta hoguera para renacer como el Sol.

Se presentaron dos candidatos: el primero era imponente, hermoso y rico e iba vestido con ropas lujosas y adornado con piedras preciosas. El segundo dios era pequeño, feo y pobre, tenía llagas en el cuerpo e iba vestido con andrajos. 

Cuando llegó la hora de saltar la enorme hoguera, el dios imponente y rico no se atrevió, tuvo miedo y se quedó inmóvil. Sin embargo, el segundo era muy valiente, por lo que sin pensarlo dio un salto enorme sobre la hoguera y salió convertido en el Sol.

El primer candidato al verlo convertido en Sol, sintió vergüenza y sin pensarlo saltó a la hoguera. Y en el cielo apareció otro Sol. Los demás dioses estuvieron de acuerdo de que no podían existir dos soles en el firmamento, así que decidieron apagar el segundo. 

Para ello, tomaron un conejo por las patas y lo lanzaron contra el segundo Sol con mucha fuerza. El brillo de este disminuyó inmediatamente y tras poco tiempo, se convirtió en la Luna. De hecho, si te fijas bien, durante los días de luna llena, aún puedes ver la figura de un conejo, que es el que acabó con el segundo Sol y dio vida a la Luna.

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