Cría niños sin límites y “te sacarán los ojos”: serán hijos desagradecidos

Cria hijos sin limites y te sacarán los ojos

Todos conocemos el refrán que dice: “cría cuervos y te sacarán los ojos”. Nos muestra cómo en ocasiones, cuando intentamos hacer las cosas bien por otros, este esfuerzo no es reconocido y se paga con actitudes desagradecidas e inmerecidas. Esto también ocurre cuando en la crianza no se ponen límites adecuados para educar a los hijos.

Son muchos los padres que están confundidos cuando crían a sus hijos y se sienten mal si ponen límites, pero también cuando no los ponen y la actitud de sus hijos se vuelve desafiante e ingrata.

Los límites, ¿qué son exactamente?

Cada familia es un mundo y en ocasiones, los límites en la crianza tienen más que ver con el día a día y sobre todo, con la personalidad y características de los hijos. No todos los límites o normas de disciplina sirven por igual.

Hay una creencia errónea de que marcar límites consiste en castigar o dar gritos para que los niños nos hagan caso. Nada más lejos de la realidad, porque cuando la violencia de cualquier tipo se instaura en la crianza, lo que ocurre es que los niños tienen miedo y no interiorizan correctamente los límites que se quieren establecer: solo crece el rencor dentro de su corazón.

Una crianza con límites acertados se debe ejercer con consecuencias establecidas anteriormente, donde los niños son conocedores de lo que puede ocurrir cuando incumplen una norma o límite. De esta manera, son ellos quienes sienten el control de sus acciones y se interioriza el comportamiento de una forma más saludable; serán capaces de corregir su conducta y de tomar decisiones más acertadas.

Las normas y límites no hay que transmitirlas con amenazas o gritos; se debe hacer desde la calma, de forma muy clara y sin repetirla una y otra vez.

Por ejemplo, imaginemos que tu hijo quiere que le compres algo y le dices que no. Ante tu negativa puede insistir y comenzar una rabieta. Para que deje de tener ese comportamiento porque estás cansado o simplemente porque no tienes ganas de aguantar una situación así, cedes y le compras lo que quiere.

En este caso, puedes sentir cierto alivio porque tu hijo ha dejado de tener la rabieta, pero la realidad es que ha aprendido que con ese comportamiento, podrá conseguir lo que quiera. Y la próxima vez, la rabieta será aún más fuerte… y a medida que vaya creciendo, aumentará la conducta ingrata, violenta y desmedida.

Niños desagradecidos

Niños desagradecidos: niños tiranos

Cuando se fomenta este tipo de crianza donde los niños consiguen lo que quieren siempre que quieren… aparecerá el síndrome del emperador, es decir: niños tiranos. Esto ocurre a través del refuerzo negativo: se refuerza una mala conducta para conseguir lo que ellos quieren (ya sea atención, algo material o acabar con una situación que les incomoda).

Cuando se cede a las pretensiones de los niños, es posible que a corto plazo se sienta cierto alivio, pero la realidad es que a largo plazo, el coste a pagar es difícil de asumir: se potenciarán los malos comportamientos, serán mucho más frecuentes y difíciles de controlar.

No poner límites siempre tendrá consecuencias negativas, como por ejemplo: los niños no tendrán paciencia, tendrán baja tolerancia a la frustración, inseguridades, se volverán exigentes, no tendrán constancia ni esfuerzo e incluso, se pueden volver agresivos.

Todo ello puede generar un trastorno de conducta porque el niño se mostrará siempre desafiante ante las normas y los límites. Será el niño quien quiera imponer sus mandatos y decisiones, y querrá que los demás y sobre todo sus padres, satisfagan todos sus deseos de manera inmediata.

La educación siempre empieza en casa

Cualquier educación comienza en casa: son los padres los máximos responsables de educar a sus hijos. Para hacerlo bien, es fundamental seguir una disciplina positiva para que los niños entiendan lo que se espera de ellos y cuándo, así como las consecuencias que existen en caso de no cumplir los límites.

Establecer buenas normas y límites en el hogar, no solo facilita que exista mejor armonía y convivencia en la familia, sino que también, los niños se sientan más seguros, validados y comprendidos por sus padres. Es cierto que en ocasiones los niños sentirán cierta frustración, pero es imprescindible que entiendan por qué les sucede y que aprendan a gestionarlo con el acompañamiento paciente de sus padres.

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