Educación

Cuentos infantiles con protagonistas femeninas para empoderar a las niñas

Cuentos infantiles para empoderar a las niñas
Jennifer Delgado

Jennifer DelgadoEducadora, psicóloga y psicopedagoga

Siglos de catalogar a la mujer como el “sexo más débil” y de creer que su lugar estaba siempre por detrás de los hombres no pueden borrarse de un plumazo. Aún persisten muchos estereotipos y creencias erróneas sobre el papel y la fortaleza de la mujer en la sociedad que, queramos o no, influirán en la manera en la que nuestras hijas percibirán y afrontarán el mundo. Sin embargo, en nuestras manos está prepararlas desde pequeñas para que sean conscientes de su enorme fuerza y potencial y sean capaces de sentirse libres, independientes y seguras de sí mismas.

En este sentido, los cuentos infantiles protagonizados por mujeres pueden convertirse en un buen recurso para abordar este tema con las más pequeñas de casa e insuflarles la seguridad que necesitan para convertirse en las personas que quieren ser. Sin duda, una herramienta excelente para ayudarles a fortalecer su autoestima desde una edad temprana, enseñarles a confiar en sí mismas y a no considerar su género un obstáculo para perseguir sus sueños. Por supuesto, también puede ser un buen recurso para educar a niñas y niños en la igualdad de género y enseñarles a respetar a todos por igual.

5 cuentos infantiles donde las mujeres toman el mando

Existen muchísimos cuentos infantiles cuyas protagonistas son mujeres. Sin embargo, muchos de ellos, sobre todo los más tradicionales como Cenicienta, Blancanieves o Rapunzel, se centran en mostrar el lado más delicado y frágil de las féminas. Sin embargo, si tu propósito es empoderar a las más pequeñas de casa, también puedes encontrar muchas otras historias que narran la vida de mujeres valientes, atrevidas y seguras de sí mismas que no temen afrontar la vida y sus adversidades. Historias que pueden ayudarles a sentirse orgullosas de ser mujeres.

1. De grande, quiero ser pirata

Cuento niña pirata

María era una niña muy valiente, a la que le encantaban las aventuras y los desafíos. Cuando le preguntaban qué quería ser de mayor, siempre respondía: ¡Yo quiero ser pirata! Sí, ¡pirata! María soñaba con surcar los mares, domar a las olas, saludar a las sirenas, vencer a monstruos marinos, descubrir islas perdidas y, sobre todo, encontrar tesoros.

Por eso cuando María llegaba del colegia a casa, lo primero que hacía era abrir el baúl de los disfraces, ponerse el pantalón a rayas, las botas de hebilla ancha y el parche negro en el ojo. Se subía de un salto a la mesa y gritaba con todas sus fuerzas:

– ¡Veinte cañones por banda!, y entonces izaba una camiseta a modo de bandera y blandía al aire el plumero como si fuera un sable.

María quería ser pirata, lo tenía muy claro. Por eso, no le importaba ser una pirata atípica: regordeta, pecosa y sin pata de palo. Ni tener de mascota un mono de peluche en lugar de un loro.

María sabía que de mayor quería ser pirata. Por mucho que se riera su hermano o que se burlaran de ella en el colegio. Por eso, cada día inventaba una historia diferente. A veces, luchaba contra los bandidos porque, por supuesto, ella era una pirata buena. Otras veces rescataba a algún grumete perdido o repartía sus tesoros entre sus peluches favoritos.

Lo único que tenía que hacer era ponerse su traje y entonces todo el cuarto se transformaba, la lámpara se convertía en un sol radiante, la silla en un pirata amigo, la alfombra en una paradisíaca isla, y su pequeño perro, en un temible tiburón.

Sin embargo, a María le faltaba algo, ¡no tenía tripulación! Así que un día convenció a su hermano e invitaron a sus mejores amigos.

Ese sí que era un galeón de verdad con la fregona como mástil y la manta azul como el mar embravecido. Su amiga Sara tomó el mando del barco y Carla, Juan y Dani avistaron un barco fantasma. En un abrir y cerrar de ojos se lanzaron, plumero en mano, al abordaje. Sin embargo, era obvio, en el barco fantasma, no había nadie, ni siquiera fantasmas.

Después hubo una gran tormenta y el barco se hizo añicos, por lo que tuvieron que llegar nadando hasta una isla. Y allí, en medio de dos cocoteros y una palmera muy alta, encontraron una cruz enorme. Y debajo ¡un tesoro! Un plato enorme con galletas que les había preparado su madre.

– No puede haber nada en el mundo mejor, pensaba María mientras cantaban sin cesar su canción pirata de la amistad.

Lo tenía muy claro. Así que cada vez que los mayores le preguntaban: ¿Y tú qué quieres ser de mayor? Ella siempre respondía: ¡Yo quiero ser pirata!

2. La princesa que se convirtió en roble

cuento princesa roble

Había una vez un rey y una reina que deseaban con todas sus fuerzas ser padres. Lo pidieron tanto que, que después de mucho esperar, la reina tuvo una hija, a la que puso de nombre Carla.

Estaban tan contentos que decidieron dar una fiesta para celebrar su bautizo e invitaron a todas las hadas del reino. A todas, menos a una, Isaura. La verdad es que se olvidaron de ella porque ni sabían que existía, pero el hada, furiosa, acudió a la celebración a pesar de no haber sido invitada.

Las hadas allí presentes concedieron maravillosos dones a la infantita: inteligencia, belleza, elegancia, bondad… Pero cuando llegó el turno de Isaura dijo furiosa:

– ¡Cuando cumplas los 15 años, te convertirás en un roble!

Su hada madrina, apenada al saber que no podía deshacer ese hechizo, se acercó a la pequeña y le dijo:

– Sí, te convertirás en un roble, pero solo hasta que encuentres el amor.

Y el maleficio se cumplió. Carla cumplió los quince años y una mañana salió al bosque a buscar mariposas. Nunca más volvió, se había transformado en un roble.

Los reyes estaban muy tristes, aunque confiaban en que en algún momento alguien consiguiera romper el maleficio. Pero el tiempo pasaba y perdían las esperanzas. ¿Quién iba a enamorarse de un roble?

Sin embargo, un día un pastorcillo que pasaba por allí se tumbó bajo las frondosas ramas del roble a descansar. Entonces, escuchó que el árbol decía:

– Pastorcillo, soy la princesa Carla. ¿Quieres ser mi esposo?

El joven miró asombrado hacia la copa del árbol y vio el rostro angelical de la princesa. Pero, sin siquiera detenerse a pensar, huyó de miedo pensando que aquel lugar estaba encantado.

Al día siguiente, pasó por allí un escudero, y el roble le dijo:

– Escudero, soy la princesa Carla. ¿Quieres ser mi esposo?

El escudero vio entonces la imagen de la princesa, con su cabello dorado y sus ojos azules como el cielo.

– Me gustaría, pero antes debo consultar si puedo casarme contigo.

Y el escudero se fue.

Entonces, pasó por allí entonces un caballero y el roble aprovechó para preguntar:

– Caballero, soy la princesa Carla. ¿Quieres ser mi esposo?

El caballero vanidoso, vio la imagen de la infanta y dijo:

– Solo si me muestras tu figura real… ¡odio que me engañen!

Y el caballero se fue.

Sin embargo, un día se acercó hasta el roble un príncipe que regresaba a su palacio. El roble le hablo entonces diciéndole:

– Príncipe, soy la princesa Carla. ¿Quieres ser mi esposo?

Y el príncipe vio el rostro de la infanta, y sus trenzas de oro, y quedó prendado de ella. Se inclinó de rodillas y sin dudar respondió:

– Sí, quiero.

Entonces el maleficio se rompió y la princesa pudo salir del árbol. Carla vestía un hermoso vestido blanco y portaba una preciosa corona de flores.

Por el camino de vuelta a casa y acompañada por su futuro esposo, el príncipe, se encontró con el pastor, el escudero y el caballero, que regresaban a por ella. Carla le dijo al pastor:

– Tarde, muy tarde, pastorcillo…

Y dijo al escudero:

– Haber escogido sin tantas dudas, escudero…

Y al caballero, ni le miró, giró la cabeza como si tuviera enfrente a una sabandija.

3. Mulán, una versión de la historia de Disney

Cuento Mulan

En una pequeña ciudad llamada Qiuhuasong, vivía Mulán, una pequeña niña que estaba muy apegada a su padre, con quien tenía una relación muy especial. Años más tarde, cuando Mulán era una chica joven y su padre, bastante mayor, se declaró la guerra en la ciudad. Llamaron a filas a todos los hombres de la zona, así que su padre, sin pensárselo dos veces, tomó la espada con la intención de ir a la batalla. Pero Mulán, al ver que apenas podía andar, se lo impidió:

– Padre, no puedes ir a luchar. Apenas te quedan fuerzas para caminar. Yo iré en tu lugar.

– No, Mulán, tú no puedes. Eres una chica y no está permitido que las mujeres luchen en la guerra.

– Eso si se enteran de que soy una mujer. Pero nadie tiene por qué darse cuenta.

Y diciendo esto, la joven se cortó la larga coleta, se vistió con ropa de soldado y tomó en su mano una enorme espada.

– Y ahora, padre, nadie sabrá que soy una chica.

– Oh, no vayas, Mulán, te lo suplico. Eres muy joven. Sé que eres muy valiente, pero pueden matarte. No soportaría perderte.

– No te preocupes, padre, no me perderás.

La joven, haciendo oídos sordos, se subió entonces al lomo de su caballo y partió hacia la batalla.

Una vez en el campo de batalla, Mulán se sentía un poco nerviosa, tenía miedo a ser descubierta. Sin embargo, en cuanto se dio cuenta de que nadie sospechaba que era una mujer, comenzó a dar rienda suelta a toda su valentía y a demostrar todas sus grandes habilidades.

Gracias a su destreza con la espada y la rapidez de su caballo, la valiente joven se convirtió en un soldado imprescindible. Todos la admiraban, y tanto es así, que sus historias de batallas ganadas llegaron a oídos del emperador, quien la mandó llamar al terminar la guerra para ofrecerle un puesto en el gobierno.

– Mulán, eres el mejor de mis guerreros: te ofrezco un lugar aquí en la corte. Nunca te faltará nada y gozarás de todos los privilegios, le dijo el emperador.

– Alteza, agradezco mucho el ofrecimiento, pero creo que mi lugar no está aquí. A cambio, solicito que cambie ese regalo por un camello.

– ¿Un camello? ¿Y para qué necesitas un camello?, preguntó algo confuso el emperador.

– Para regresar a casa con mi familia, contestó con humildad la muchacha. Viven lejos y debo atravesar el desierto.

– Claro, ahora mismo te traerán uno, joven y valiente guerrero, contestó el emperador. Es lo mínimo que puedo hacer por ti.

Mulán recibió su recompensa, pero antes de partir, se despojó de su ropa de soldado y se vistió con prendas de mujer. Sus compañeros se quedaron absortos y totalmente confundidos:

– ¡Una mujer! ¡Mulán es una mujer!, exclamó uno de sus compañeros de guerra.

– Pero…, titubeó otro. ¡Llevamos más de diez años combatiendo juntos y nunca nos dimos cuenta!

Todos aplaudieron a Mulán. Les acababa de dar una gran lección. La chica regresó a su casa, y su familia le preparó un gran recibimiento con un exquisito gran banquete.

4. La bella bestia

Cuento La bella bestia

Había una vez, una oruga verde, peluda, babosa y con los ojos saltones. La verdad es que no era una oruga muy bonita, pero era la oruga más simpática de todo el jardín en el que vivía. Se llamaba Caracola y le encantaban las flores.

Caracola se lo pasaba genial correteaba entre las flores y jugaba con todos los insectos. Los saltamontes le enseñaban a saltar, las abejas a recoger polen, con las hormigas jugaba al escondite y las libélulas la llevaban volando de un lugar a otro del jardín, como si fuera en helicóptero. Era la oruga más fea, pero también la más feliz de todo el lugar.

Un buen día, empezaron a plantar flores nuevas en el jardín, y con las nuevas flores llegaron insectos de otros lugares, que cada vez que veían a la oruga verde, peluda, babosa y con los ojos saltones se reían de ella. Decían que era la oruga más fea que habían visto jamás. La pobre oruga empezó a dejar de comer y a dejar de jugar. Estaba tan triste que lo único que hacía era arrastrarse lentamente entre los arbustos más pequeños para camuflarse y que no la vieran llorar.

Uno de esos días tristes empezó a encontrarse extraña, decidió acostarse a descansar y dormir y dormir hasta que se le pasase el malestar. A la mañana siguiente una mariposa del Reino de las Mariposas la visitó y le dijo:

– ¡Bienvenida a nuestro reino!, pronto dejarás de ser una fea bestia para ser una bella mariposa.

Caracola no entendió bien lo que quería decir y continuó con su plácido sueño. Pasaron dos días y la oruga seguía durmiendo. Cuando se despertó fue a lavarse las gotas de rocío que la noche había dejado sobre ella. Cuando se vio reflejada en el agua ¡se llevó un susto enorme!

Casi no se reconocía, su cuerpo peludo y baboso había cambiado hasta convertirse en una hermosa mariposa, tenía unas alas tan grandes y coloridas que se confundían con los colores del arco iris. Su aspecto era totalmente diferente.

Así que, ni corta ni perezosa, se fue corriendo para que aquellos insectos que se burlaban de ella, vieran lo hermosa que era ahora. Al verla todos se quedaron asombrados. Llamó a los saltamontes para saltar con ellos, pero sus patas ya no le permitían hacerlo como antes. Llamó a las abejas para recoger polen con ellas, pero sus alas eran tan grandes que no le permitían llevar el polen hasta la colmena.

También llamó a las hormigas para jugar al escondite, pero era imposible con su tamaño esconderse en el hormiguero. Llamó a las libélulas para subirse sobre ellas e imaginarse que iba en helicóptero, pero su peso lo impedía, ya que sus alas sólo le permitían volar como una mariposa. Fue entonces cuando echó de menos ser una oruga y se dijo:

– Antes yo no era bella pero no me preocupaba, vivía feliz, me arrastraba por las hojas verdes de los árboles y podía jugar con mis amigas y amigos sin temor a mancharme o perder mis colores.

Así fue como comprendió que la belleza no es nada importante y que tener amigos para jugar era el mayor tesoro que una oruga puede tener. Entonces decidió que si era feliz siendo oruga ahora tenía que aprender a serlo siendo mariposa. Así que, despreocupándose de su fealdad o belleza, se prometió disfrutar cada día con sus amistades, viviendo y aceptándose tal y como era.

5. Goldi, una princesa diferente, de Pedro Pablo Sacristán

Cuento Goldi, una princesa diferente

El mundo de los cuentos esperaba a su nueva princesa. Prepararon todo con esmero, pero no contaban con que fuera gordita. Nada de lo que habían preparado sirvió: ni los vestidos, ni el baile, ni las páginas del cuento, ni siquiera la historia de amor con el príncipe… nada. Pensaron que se trataba de un error, pero la máquina de crear princesas lo confirmó cien veces: Goldi era la princesa perfecta.

Volvió loco al sastre de palacio que, acostumbrado a lujosos vestidos de cinturita de avispa, no sabía cómo hacer ropa deportiva, pantalones o camisetas.

Volvió locas a las damas de la corte, cuando rechazó al guapísimo y admiradísimo príncipe azul preparado para ella, y se casó con un chico bajito y delgaducho, pero muy divertido.

Volvió locos a los generales del reino, cuando el país entró en guerra y, en lugar de esperar tranquilamente en palacio, decidió dirigir la batalla ella misma.

Volvió locos incluso a los escribanos, quienes tuvieron que buscar para su cuento un libro mucho más ancho en el que hubiera sitio para ella.

Pero aprovechó aquel libro tan gordo para llenarlo de historias y aventuras, de ocurrencias divertidas y frases sabias, de personas interesantes a las que conocer y de amigos y amigas fantásticos que nunca hubieran pensado que podrían aparecer en un cuento de princesas, porque jamás habrían entrado en libros tan delgados.

Y casi nadie lo sabía, pero el resto de princesas, guapísimas y delgadísimas, estaban aburridas de vivir siempre las mismas historias tontas de amor a primera vista en las que ellas nunca hacían nada interesante, entre otras cosas, porque esas historias simples eran las únicas que cabían en sus finísimos libros. Por eso, cuando leían el cuento de Goldi, la princesa gordita, sentían la mayor de las envidias, y pensaban para sus adentros: esta sí que es una princesa perfecta.

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