5 cuentos latinoamericanos para niños

Cuentos latinoamericanos cortos con valiosas enseñanzas

La enorme riqueza cultural de Latinoamérica no solo se refleja en sus costumbres y tradiciones sino también en los cuentos que pasan de una generación a otra. Por eso, una buena manera de acercar a los niños a la cultura latinoamericana consiste en leerles esas historias infantiles que desvelan las formas de vida de su gente, sus creencias e ideas. Para facilitarte el trabajo, en Etapa Infantil hemos recopilado algunos de los cuentos latinoamericanos cortos que todo niño debería leer al menos una vez en la vida.

Cuentos infantiles latinoamericanos para leerles a los niños

1. El gallo de boda

Pues señor, este era un gallo que iba muy limpio y elegante a la boda de su tío Perico. Por el camino se encontró un montón de basura y se apartó para no ensuciarse. Pero en medio del basurero vio un grano de maíz. El gallo se detuvo y pensó:

– Si no pico pierdo el granito,
y si pico,
me mancho el pico
y no podré ir
a la boda de mi tío Perico.
¿Qué hago? ¿Pico o no pico?

Al fin picó, y se ensució el pico. Entonces fue a pedirle a la yerba:

– Yerba,
límpiame el pico,
que no podré ir
a la boda de mi tío Perico.

Pero la yerba dijo:

– No quiero.

Entonces fue a pedirle a la oveja:

– Oveja,
cómete la yerba,
que no quiere limpiarme el pico
para ir a la boda de mi tío Perico.

Pero la oveja dijo:

– No quiero.

Entonces fue a pedirle al perro:

– Perro,
muerde a la oveja,
que no quiere comerse la yerba,
que no quiere limpiarme el pico
para ir a la boda de mi tío Perico.

Pero el perro dijo:

– No quiero.

Entonces fue a pedirle al palo:

– Palo.
pégale al perro,
que no quiere morder a la oveja,
que no quiere comerse la yerba,
que no quiere limpiarme el pico
para ir a la boda de mi tío Perico.

Pero el palo dijo:

– No quiero.

Entonces fue a pedirle al fuego:

– Fuego,
quema el palo,
que no quiere pegarle al perro
que no quiere morder a la oveja,
que no quiere comerse la yerba,
que no quiere limpiarme el pico
para ir a la boda de mi tío Perico.

Pero el fuego dijo:

– No quiero.

Entonces fue a pedirle al agua:

– Agua,
apaga el fuego,
que no quiere quemar el palo,
que no quiere pegarle al perro,
que no quiere morder a la oveja,
que no quiere comerse la yerba,
que no quiere limpiarme el pico
para ir a la boda de mi tío Perico.

Pero el agua dijo:

– No quiero.

Entonces el gallo miró a su amigo el sol:

– Sol,
seca el agua,
que no quiere apagar el fuego,
que no quiere quemar el palo,
que no quiere pegarle al perro,
que no quiere morder a la oveja,
que no quiere comerse la yerba,
que no quiere limpiarme el pico
para ir a la boda de mi tío Perico.

Y el sol dijo:

– Ahora mismo.

Entonces el agua dijo:

– No, perdón, que yo apagaré el fuego.

Y el fuego dijo:

– No, perdón, que yo quemaré el palo.

Y el palo dijo:

– No, perdón, que yo le pegaré al perro.

Y el perro dijo:

– No, perdón, que yo morderé a la oveja.

Y la oveja dijo:

– No, perdón, que yo me comeré la yerba.

Y la yerba dijo:

– No, perdón, qué yo le limpiaré el pico.

Y se lo limpió. Entonces el gallo dio las gracias a su amigo el Sol con un largo quiquiriquí. Y echó a correr para llegar a tiempo a la boda y alcanzar algo de los dulces y el vino de la fiesta.

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2. Bebé y el Señor Don Pomposo

Bebé es un niño magnífico, de cinco años. Tiene el pelo muy rubio, que le cae en rizos por la espalda, como en la lámina de los Hijos del Rey Eduardo, que el pícaro Gloucester hizo matar en la Torre de Londres, para hacerse él rey. A Bebé lo visten como al duquecito Fauntleroy, el que no tenía vergüenza de que lo vieran conversando en la calle con los niños pobres. Le ponen pantaloncitos cortos ceñidos a la rodilla, y blusa con cuello de marinero, de dril blanco como los pantalones, y medias de seda colorada, y zapatos bajos.

Como lo quieren a él mucho, él quiere mucho a los demás. No es un santo, ¡oh, no!: le tuerce los ojos a su criada francesa cuando no le quiere dar más dulces, y se sentó una vez en visita con las piernas cruzadas, y rompió un día un jarrón muy hermoso, corriendo detrás de un gato. Pero en cuanto ve un niño descalzo le quiere dar todo lo que tiene: a su caballo le lleva azúcar todas las mañanas, y lo llama “caballito de mi alma”; con los criados viejos se está horas y horas, oyéndoles los cuentos de su tierra de África, de cuando ellos eran príncipes y reyes y tenían muchas vacas y muchos elefantes.

Y cada vez que ve Bebé a su mamá, le echa el bracito por la cintura, o se le sienta al lado en la banqueta, a que le cuente cómo crecen las flores, y de dónde le viene la luz al sol y, de qué está hecha la aguja con que cose, y si es verdad que la seda de su vestido la hacen unos gusanos, y si los gusanos van fabricando la tierra, como dijo ayer en la sala aquel señor de espejuelos. Y la madre le dice que sí, que hay unos gusanos que se fabrican unas casitas de seda, largas y redondas, que se llaman capullos; y que es hora de irse a dormir, como los gusanitos, que se meten en el capullo, hasta que salen hechos mariposas.

Y entonces sí que está lindo Bebé, a la hora de acostarse con sus mediecitas caídas, y su color de rosa, como los niños que se bañan mucho, y su camisola de dormir: lo mismo que los angelitos de las pinturas, un angelito sin alas. Abraza mucho a su madre, la abraza muy fuerte, con la cabecita baja, como si quisiera quedarse en su corazón. Y da brincos y vueltas de carnero, y salta en el colchón con los brazos levantados, para ver si alcanza a la mariposa azul que está pintada en el techo.

Y se pone a nadar como en el baño; o a hacer como que cepilla la baranda de la cama porque va a ser carpintero; o rueda por la cama hecho un carretel, con los rizos rubios revueltos con las medias coloradas. Pero esta noche Bebé está muy serio, y no da volteretas como todas las noches, ni se le cuelga del cuello a su mamá para que no se vaya, ni le dice a Luisa, a la francesita, que le cuente el cuento del gran comelón que se murió solo y se comió un melón. Bebé cierra los ojos; pero no está dormido. Bebé está pensando.

La verdad es que Bebé tiene mucho en qué pensar, porque va de viaje a París, como todos los años, para que los médicos buenos le digan a su mamá las medicinas que le van a quitar la tos, esa tos mala que a Bebé no le gusta oír: se le aguan los ojos a Bebé en cuanto oye toser a su mamá: y la abraza muy fuerte, muy fuerte, como si quisiera sujetarla. Esta vez Bebé no va solo a París, porque él no quiere hacer nada solo, como el hombre del melón, sino con un primito suyo que no tiene madre.

Su primito Raúl va con él a París, a ver con él al hombre que llama a los pájaros, y la tienda del Louvre, donde les regalan globos a los niños, y el teatro Guiñol, donde hablan los muñecos, y el policía se lleva preso al ladrón, y el hombre bueno le da un coscorrón al hombre malo. Raúl va con Bebé a París. Los dos juntos se van el sábado en el vapor grande, con tres chimeneas. Allí en el cuarto está Raúl con Bebé, el pobre Raúl, que no tiene el pelo rubio, ni va vestido de duquecito, ni lleva medías de seda colorada.

Bebé y Raúl han hecho hoy muchas visitas: han ido con su mamá a ver a los ciegos, que leen con los dedos, en unos libros con las letras muy altas: han ido a la calle de los periódicos, a ver como los niños pobres que no tienen casa donde dormir, compran diarios para venderlos después, y pagar su casa: han ido a un hotel elegante, con criados de casaca azul y pantalón amarillo, a ver a un señor muy flaco y muy estirado, el tío de mamá, el señor Don Pomposo. Bebé está pensando en la visita del señor Don Pomposo. Bebé está pensando.

Con los ojos cerrados, él piensa: él se acuerda de todo. ¡Qué largo, qué largo el tío de mamá, como los palos del telégrafo! ¡Qué leontina tan grande y tan suelta, como la cuerda de saltar! ¡Qué pedrote tan feo, como un pedazo de vidrio, el pedrote de la corbata! ¡Y a mamá no la dejaba mover, y le ponía un cojín detrás de la espalda, y le puso una banqueta en los pies! ¡Y le hablaba como dicen que les hablan a las reinas! Bebé se acuerda de lo que dice el criado viejito, que la gente le habla así a mamá, porque mamá es muy rica, y que a mamá no le gusta eso, porque mamá es buena.

Y Bebé vuelve a pensar en lo sucedió en la visita. En cuanto entró en el cuarto el señor Don Pomposo le dio la mano, como se la dan los hombres a los papás; le puso el sombrerito en la cama, como si fuera una cosa santa, y le dio muchos besos, unos besos feos, que se le pegaban a la cara, como si fueran manchas. Y a Raúl, al pobre Raúl, ni lo saludó, ni le quitó el sombrero, ni le dio un beso. Raúl estaba metido en un sillón, con el sombrero en la mano, y con los ojos muy grandes.

Y entonces se levantó Don Pomposo del sofá colorado: “Mira, mira, Bebé, lo que te tengo guardado: esto cuesta mucho dinero, Bebé: esto es para que quieras mucho a tu tío”. Y se sacó del bolsillo un llavero como con treinta llaves, y abrió una gaveta que olía a lo que huele el tocador de Luisa, y le trajo a Bebé un sable dorado, ¡oh, que sable! ¡oh, qué gran sable! y le abrochó por la cintura el cinturón de charol ¡oh, qué cinturón tan lujoso! y le dijo: “Anda, Bebé: mírate al espejo; ése es un sable muy rico: eso no es más que para Bebé, para el niño”. Y Bebé, muy contento, volvió la cabeza adonde estaba Raúl, que lo miraba, miraba al sable, con los ojos más grandes que nunca, y con la cara muy triste, como si se fuera a morir: ¡oh, que sable tan feo, tan feo! ¡Oh, qué tío tan malo! En todo eso estaba pensando Bebé. Bebé estaba pensando.

El sable está allí, encima del tocador. Bebé levanta la cabeza poquito a poco, para que Luisa no lo oiga, y ve el puño brillante como si fuera de sol, porque la luz de la lámpara da toda en el puño. Así eran los sables de los generales el día de la procesión, lo mismo que el de él. Él también, cuando sea grande, va a ser general, con un vestido de dril blanco, y un sombrero con plumas, y muchos soldados detrás, y él en un caballo morado, como el vestido que tenía el obispo. Él no ha visto nunca caballos morados, pero se lo mandarán a hacer. Y a Raúl ¿quién le manda hacer caballos? Nadie, nadie: Raúl no tiene mamá que le compre vestidos de duquecito: Raúl no tiene tíos largos que le compren sables.

Bebé levanta la cabecita poco a poco: Raúl está dormido: Luisa se ha ido a su cuarto a ponerse olores. Bebé se escurre de la cama, va al tocador en la punta de los pies, levanta el sable despacio, para que no haga ruido… Y ¿qué hace, qué hace Bebé? ¡Va riéndose, va riéndose el pícaro! hasta que llega a la almohada de Raúl, y le pone el sable dorado en la almohada.

3. Los osos apestosos

Cuentan que una vez, un oso y una osa estaban discutiendo. El oso decía que la osa olía mal, y la osa, por su parte, aseguraba que era al contrario, y que era el oso el apestoso.

– ¡Mira que decir esa barbaridad, osa! ¡Si eres tú la que apestas!

– Ni hablar, oso, deberías olerte… ¡tú eres el que huele mal!

Como no llegaban a ninguna conclusión, decidieron buscar a alguien “imparcial” que pudiera decir cuál de los dos era el maloliente.

– Mira, osa- dijo el oso- Allá va un zorro llamémoslo para que diga quién tiene la razón.

Los osos llamaron al zorro:

– Dinos, zorro, ¿cuál de los dos está en lo cierto? La osa dice que soy yo el que huele mal. Y yo en cambio estoy seguro de que es ella quien apesta.

El zorro, muerto de miedo ante la mirada amenazante del oso, le olió, y después a la osa, y dijo:

– Creo que tienes tú la razón, oso… es ella quien huele mal.

Nada más decir esto, la osa le dio un golpe tan tremendo al zorro que el pobre se quedó sentado en el lugar.

– ¡No me gusta que mientan, zorro!- dijo la osa. A ver, llamemos a otro animal… Allá va una tuza. ¡Tucita, ven aquí!

La tuza acudió a la llamada de la osa.

– Dice el oso que yo huelo mal. Yo estoy segura de que es él quien huele mal. ¿Tú qué crees?

La tuza, después de olerlos, dijo:

– Pues creo que estás en la razón, osa… Es el oso quien huele mal.

Y nada más decir esto, el oso le dio un tremendo golpetazo a la tuza y la dejó malherida junto al zorro.

– Tendremos que pedir una tercera opinión- dijo el oso- Mira, ¡un coyote!

El coyote acudió a la llamada de los osos.

– Debes decirnos, amigo coyote, cuál de los dos huele mal…

Pero el animal se fijó en el zorro y la tuza, aún aturdidos por los golpes.

– ¿Y qué les pasó al zorro y la tuza?

– Ah… pues que el zorro dijo que era yo quien olía mal y le di un golpe, y la tuza dijo que era el oso el apestoso y entonces él la golpeó-, le explicó la osa.

El coyote se quedó pensativo. ¿Qué podía hacer? Si decía que era el oso el que olía mal, le daría un golpe. Pero si decía que era la osa, sería ella quien le golpearía. Entonces se le ocurrió una idea:

– Pues fíjense que sintiéndolo mucho no voy a poder ayudar en nada… tengo un terrible constipado y no huelo.

Y diciendo esto, el coyote se alejó de allí a toda prisa.

cuentos infantiles latinoamericanos

4. El señor, el niño y el burro

Venían por un camino un señor con su hijo, que tenía unos 11 años de edad. También les acompañaba un burro que ayudaba al hombre a diario a cargar leña. Sin embargo, en ese momento el burro no llevaba ningún peso encima y como el hombre estaba muy cansado, se subió al burro.

Al cabo de un rato, pasaron cerca de un grupo de personas, que se quedaron mirando al hombre y al niño y dijeron una vez que pasaron:

– ¡Qué hombre tan egoísta! Él tan cómodo en el burro y el pobre niño andando… ¡Menudo caradura!

Así que el hombre, abochornado, se bajó del burro y le dijo a su hijo que subiera él. Anduvieron así un buen trecho hasta que se encontraron con otro grupo de personas que les miraron de arriba a abajo y murmuraron:

– ¡Qué niño tan malcriado! Su pobre padre, ya mayor, andando y él tan cómodo en el burro…

Así que el hombre le dijo al niño que bajara del burro y comenzaron a andar, los dos, detrás del animal.

En esto que se encuentran con otro grupo de personas que dijeron:

– ¡Menudo par de tontos! Los dos andando detrás del burro, que va la mar de descansado. ¿Es que a ninguno se le ocurre subir para ir más cómodo?

Y el hombre decidió que debían montar los dos en el burro: su hijo delante y él detrás. Y así anduvieron un rato hasta que otro grupo de personas dijeron:

– ¡Qué barbaridad! ¡Pobre animal! ¿No ven lo cansado que está para cargar con los dos?

El hombre pasó de largo, se encogió de hombros y dijo a su hijo:

– Ya ves, hijo. Nunca hay que hacer caso a lo que digan los demás porque nunca a todos contentarás.

5. El conejo y el tigre

Cierto día, un conejo pequeño y dócil estaba descansando en una pradera cuando de repente saltó sobre él, sin que pudiera darse cuenta, un enorme tigre.

El conejo, asustado, solo tuvo tiempo a gritar:

– ¡No me comas, tigre!

El tigre se extrañó, y le dijo:

– Conejo, he estado observándote durante días, esperando paciente para escoger el mejor momento. Estoy hambriento y te voy a comer.

El conejo, lejos de rendirse y aún sabiendo que estaba metido en un buen problema, intentó lo siguiente:

– Tigre, ¿acaso no me has visto? ¡Estoy muy delgado! Si me comes, apenas te serviré de aperitivo. En cambio, soy dueño de un rebaño de vacas muy grandes y apetitosas. Su carne es muy sabrosa. Si me perdonas la vida, te regalaré una y así tendrás comida para varios días.

El tigre entonces recapacitó. ¿Y si fuera verdad? Una vaca resolvería su problema de cazar para comer durante varios días.

– ¿Es cierto lo que me dices, conejo? ¿No me estarás engañando?

– No, no, señor tigre. No osaría engañarte. Mis vacas están en lo alto de esa ladera-,  dijo el conejo señalando a lo alto de una colina cercana. Si quieres, vamos hasta allí y te las enseño.

El tigre y el conejo se dirigieron hacia la colina. Cuando estaban cerca de la cima, el tigre vio unos bultos parduzcos a lo lejos. El conejo paró y le dijo:

– ¡Ahí están, ahí están! Yo subiré para que bajen. Espera aquí, tigre, y la vaca correrá ladera abajo. En cuanto la tengas cerca, atrápala.

Al tigre le gustó la idea de no tener que subir el resto de la colina pues ya estaba bastante cansado.

– De acuerdo, conejo, esperaré aquí a la vaca. Ten cuidado con engañarme, que te estaré vigilando.

El conejo subió a la cima de la colina. Pero los bultos que el tigre creía ser vacas, en realidad eran enormes piedras. El conejo, con ayuda de una rama y a modo de palanca, consiguió hacer rodar una de las enormes piedras y gritó:

– ¡Vaca vaaaa! ¡Atrápala, tigre!

El tigre, deslumbrado por el sol que lucía en lo alto de la colina, solo pudo ver un bulto que se acercaba, y cuando al fin se dio cuenta de que en realidad era una piedra, era demasiado tarde. ¡Ya la tenía encima! Echó a correr, pero la piedra le pasó por encima. Quedó tan magullado que en cuanto pudo se fue corriendo, asustado, para no volver nunca más.

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