Cuento infantil: Cenicienta

Cenicienta, un cuento clásico de toda la vida

“La Cenicienta” es uno de los cuentos infantiles de hadas más conocidos del mundo. De hecho, ha sido versionado por varios autores y se ha traducido en diversos idiomas, desde el vietnamita y el chino hasta el francés y el inglés. Sin embargo, las historias más populares han salido de las plumas de Charles Perrault, en 1697, y de los hermanos Grimm, en 1812. Este cuento enaltece el valor de la bondad y la esperanza, por lo que es perfecto para transmitirles a los peques la importancia de perseverar y mantener la ilusión aún en la adversidad.

Cenicienta, una preciosa historia de esperanza

Hace mucho tiempo, vivió una pareja que tenía una hermosa hija. Un día, la madre enfermó y después de pasar varias semanas en cama, murió. La pequeña quedó muy triste pero, al cabo de un tiempo, el padre, sintiéndose incapaz de educar solo a su hija, se casó con otra mujer pensando que así la niña volvería a encontrar la alegría.

La segunda esposa llevó a casa a sus dos hijas, que no eran muy agraciadas y que además, tenían un corazón muy malvado. A partir de aquel momento los días serían muy duros para la pequeña huérfana.

– ¿Esta niña estúpida tiene que estar en la sala con nosotras? – preguntaban sus hermanastras.

– Si quiere comer pan, que se lo gane. ¡Fuera, a la cocina! ¡A trabajar!

Le quitaron sus hermosos vestidos, le pusieron un camisón viejo y le dieron un par de zuecos con agujeros. Luego, burlándose de ella, la llevaron a la cocina, donde tenía que pasar todo el día ocupada en duros trabajos. Se levantaba de madrugada, iba a buscar el agua, encendía el fuego, preparaba la comida y lavaba la ropa. Sin embargo, eso no era todo, para hacerle la vida aún más difícil, sus hermanastras seguían burlándose de ella y tiraban al suelo ceniza, guisantes y lentejas para que tuviera que pasar horas recogiéndolos. Cuando llegaba la noche, rendida de tanto trabajar, en vez de acostarse en una cama tenía que dormir en el suelo de la cocina. Por eso siempre estaba polvorienta y sucia, por lo que comenzaron a llamarla Cenicienta.

Un día, en que el padre se disponía a ir a la feria, preguntó a sus dos hijastras qué deseaban que les trajese.

– Hermosos vestidos – respondió una de ellas.

– Perlas y piedras preciosas – dijo la otra.

– Y tú, ¿qué quieres que te traiga? – le preguntó el padre a Cenicienta.

– Padre, corta la primera ramita que toque el sombrero cuando regreses, y tráemela.

El hombre compró para sus hijastras magníficos vestidos, perlas y piedras preciosas y de vuelta, al atravesar un bosquecillo, un brote de avellano cayó sobre su sombrero, lo cortó y se lo llevó consigo. Cuando llegó a casa le obsequió a sus hijastras lo que habían pedido y a Cenicienta, el brote de avellano. La muchacha le dio las gracias, y se fue con la rama a la tumba de su madre, allí la plantó, y cada día la regaba con sus lágrimas. Con el paso del tiempo el brote creció y se convirtió en un hermoso árbol. Cenicienta iba allí, se sentaba y lloraba y rezaba.

Así pasó el tiempo, hasta que un día el rey organizó una fiesta a la que fueron invitadas todas las doncellas del reino para que el príncipe heredero eligiese entre ellas a su esposa. Al enterarse de la noticia las dos hermanastras, que también figuraban en la lista, se pusieron muy contentas. Llamaron a Cenicienta y le dijeron:

– Péinanos, cepíllanos bien los zapatos y ayúdanos a vestirnos que vamos a la fiesta de palacio.

Cenicienta les ayudó a vestirse, pero también quería ir al baile, así que fue a pedirle permiso a su madrastra.

– ¡¿Tú, la Cenicienta cubierta de polvo, pretendes ir a la fiesta?! No tienes vestido ni zapatos, ¿y quieres bailar?

Sin embargo, como la joven insistió, la madrastra finalmente le dijo:

– Te he echado un plato de lentejas en la ceniza, si las recoges en dos horas, te dejaré ir.

La muchacha fue corriendo al jardín y le pidió a sus amigas las palomas que le ayudaran a recoger las lentejas. Inmediatamente todas las aves que estaban en el jardín acudieron a su llamado y empezaron a recoger las lentejas de la ceniza. No había transcurrido ni una hora cuando, terminado el trabajo, echaron a volar y desaparecieron. La muchacha llevó la fuente a su madrastra, contenta porque creía que la permitiría ir a la fiesta, pero en cambio le dijo:

– No tienes vestido y no sabes bailar. Todos se burlarán de ti.

Pero como la pobre rompió a llorar, le dijo:

– Si en una hora eres capaz de limpiar dos fuentes llenas de lentejas que echaré en la ceniza, te permitiré que vayas – aunque para sus adentros pensaba que la muchacha jamás lo conseguiría.

Sin embargo, cuando las lentejas estuvieron en la ceniza, la doncella regresó al jardín y volvió a pedirles a sus amigas palomas que le ayudaran. No había transcurrido aún media hora cuando, terminada ya su tarea, emprendieron el vuelo. La muchacha llevó otra vez la fuente a su madrastra, pensando que esa vez le permitiría ir a la fiesta. Pero la madrastra le dijo:

– Es inútil, hagas lo que hagas, no vendrás porque no tienes vestido ni sabes bailar. Solo nos avergonzarías.

Dándole la espalda, partió apresuradamente con sus dos orgullosas hijas. Cuando todos se marcharon, Cenicienta se encaminó hacia la tumba de su madre, bajo el avellano, y con lágrimas en los ojos comenzó a contarle su desdicha.

En ese momento se le apareció su hada madrina. Esta miró a Cenicienta, la tocó con su varita mágica y la vistió con un precioso vestido bordado en plata y oro y con unos zapatos de cristal con adornos de seda y plata. Cenicienta era muy feliz, le dio las gracias a su hada madrina y cuando estaba a punto de partir se dio cuenta que no tenía cómo llegar a palacio. El hada madrina agitó su varita mágica y de la nada surgió una carroza digna de una reina, pero le advirtió:

– Antes de medianoche deberás regresar porque el hechizo se desvanecerá.

Cenicienta volvió a darle las gracias y partió hacia palacio. Cuando llegó, para su sorpresa, su madrastra y hermanastras no la reconocieron ya que al verla así vestida la tomaron por una princesa extranjera. Ni por un momento se les ocurrió pensar que era Cenicienta, a quien creían en la cocina, con sus ropas sucias y buscando lentejas en la ceniza.

Cuando el príncipe la vio, se acercó inmediatamente y tomándola de la mano la invitó a bailar. Bailaron toda la noche, el príncipe no quiso bailar con ninguna otra, cada vez que se acercaba otra joven, la rechazaba. Cenicienta se sentía feliz, como si estuviera viviendo en un auténtico cuento de hadas.

Sin embargo, estaba tan contenta que ni siquiera se dio cuenta de que la medianoche se acercaba, hasta que escuchó las 12 campanadas del reloj. Cenicienta soltó la mano del príncipe y diciéndole adiós, salió corriendo de palacio. Sin embargo, cuando iba bajando las escaleras, perdió uno de sus zapatos. Cenicienta iba a regresar a recogerla pero vio que el príncipe venía a su encuentro, así que dio media vuelta y se marchó corriendo. El príncipe recogió el diminuto zapato adornado en oro y a la mañana siguiente publicó un anuncio en el que anunciaba que desposaría a la joven a la que le sirviera aquel zapato.

Cuando sus hermanastras se enteraron de la noticia, no cabían en sí de la alegría. Obviamente, cuando llegó el príncipe con su escolta hicieron todo lo posible porque sus enormes pies entraran en aquel minúsculo zapato pero no hubo forma. El príncipe estuvo a punto de marcharse, pero se le ocurrió preguntar si no había otra dama en casa.

La madrastra dijo que solo quedaba Cenicienta, la hija de su esposo, pero que era imposible que fuera la princesa misteriosa porque ni siquiera había ido al baile. No obstante, el príncipe insistió en que se probara el zapato. La joven se aseó, se quitó las cenizas del rostro, entró en la habitación y le hizo una reverencia al príncipe, quien le tendió el zapato de oro.

Cenicienta se sentó y se probó el zapato. Grande fue la sorpresa de sus hermanastras cuando vieron que este le quedaba como la seda. Cuando Cenicienta se puso de pie, el príncipe la miró e inmediatamente reconoció a la hermosa doncella que había bailado con él. La tomó de la mano y partieron hacia palacio.

En tanto, la madrastra de Cenicienta y sus hermanastras morían de envidia y se echaban la culpa unas a otras. Sin embargo, con el paso del tiempo Cenicienta las perdonó y el día de su boda hasta les envió una invitación para que participaran en la celebración. Cenicienta y el príncipe vivieron felices por el resto de sus vidas.

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