Cuento infantil: El gato con botas

'El gato con botas', un cuento clásico que nunca pasará de moda

Cuento infantil El gato con botas

El gato con botas es un cuento para niños popularizado por el escritor francés Charles Perrault, aunque en realidad pertenece a una recopilación de cuentos incluidos en la novela “Las noches agradables” del escritor italiano Giovanni Francesco. La historia narra las peripecias de un astuto gato que convierte a su dueño, un pobre campesino, en el esposo de la princesa del reino. Es un cuento muy ameno que enaltece valores como la astucia, la creatividad, la paciencia, la humildad y, sobre todo, la amistad.

Un cuento para disfrutar en familia

Había una vez un molinero cuya única herencia para sus tres hijos eran su molino, su asno y su gato. Antes de morir el campesino repartió su pobre patrimonio entre sus tres hijos: al mayor le tocó el molino, al segundo el asno y al menor el gato.

Los hermanos mayores estaban conformes con su herencia porque sabían que si trabajaban duro podían sacarles ganancias, en cambio, el hermano más pequeño estaba decepcionado.

– Mis hermanos podrán tener una vida tranquila y abundante, pero yo, después de haberme comido al gato y hacer unas sandalias con su piel, me moriré de hambre – pensó angustiado.

El gato, que estaba escuchando, le dijo:

– No te preocupes, mi buen amo. Si me das un bolso y me compras un par de botas con las que pueda atravesar lodos y zarzales, verás que no serás tan pobre como imaginas.

El joven no le dio mucha importancia a las palabras del gato. Sin embargo, como ya conocía su ingenio para atrapar ratones, decidió darle lo que pedía, aunque estaba seguro de que sería en vano. Cuando el joven le dio sus botas y su bolso, el gato se puso galantemente sus botas, se colgó el bolso alrededor de su cuello y salió de casa.

Lo primero que hizo el gato fue ir a un sitio en el que abundaban los conejos, guardó en el bolso un poco de cereal y de verduras, tomó entre sus patas delanteras el cordón de cierre del bolso y se tiró en el suelo haciéndose el muerto. Entonces esperó a que algunos conejos se acercarán para mirar dentro del bolso.

No pasaron ni diez minutos cuando varios conejos entraron a la bolsa. El astuto gato tiró inmediatamente el cordón cerrando la bolsa con los conejos dentro.

Orgulloso de sus presas, se dirigió entonces al palacio del rey y pidió hablar con su majestad en nombre del Marqués de Carabás. Inmediatamente le concedieron la cita y fue llevado ante el rey. Cuando se presentó ante el soberano, hizo una pequeña reverencia y le dijo:

– Majestad, le traigo unos conejos le que envía mi noble señor, el marqués de Carabás.
– Dile a tu amo que se lo agradezco mucho y que estoy muy complacido con su regalo – le respondió el rey.

El gato le dio los conejos, hizo otra reverencia y se marchó. Pocos días después visitó un bellísimo campo abierto. Volvió a llenar su bolsa de granos y la dejó abierta hasta que un grupo de perdices entraron, tiró la cuerda y las capturó. Una vez más, se presentó ante el rey para ofrecerle el nuevo presente. El rey recibió las perdices con gran placer y a cambio le dio unas monedas.

Así continuó el astuto gato llevándole distintos presente al rey en nombre de su amo, hasta que un día supo que el rey daría un paseo por la rivera del río con su hija, la princesa más encantadora del mundo. Rápidamente fue al encuentro de su amo y le dijo:

– Amo, quiero enseñarte un lugar del río donde el agua es muy fresca y cristalina. ¡Acompáñame!

El “marqués de Carabás” acompañó a su gato pero sin saber hacia dónde se dirigían. Cuando llegaron al río el gato le pidió a su amo que se desvistiera y se metiera en el agua. Mientras su amo se bañaba en el río, el gato aprovechó y escondió sus ropas. En eso, vio que pasaba el rey y el gato empezó a gritar:

– ¡Auxilio! ¡Auxilio! ¡Mi señor, el marqués de Carabás se está ahogando!

Al escuchar el alboroto, el rey asomó la cabeza por la ventana de su carruaje, enseguida reconoció al gato que le llevaba los obsequios y le ordenó a sus guardias detener el carruaje y socorrer inmediatamente al marqués de Carabás. Mientras los guardias sacaban al supuesto marqués del río, el gato se acercó al carruaje y le contó al rey que mientras su amo se bañaba llegaron unos rufianes y le robaron sus preciosos vestidos, y aunque pidió ayuda, no había nadie cerca para socorrerlos.

El rey les ordenó inmediatamente a los oficiales que le llevaran al marqués de Carabás uno de sus mejores vestidos. El joven no cabía en sí de su asombro, pero confiando en la astucia de su gato, se vistió con el traje que le había ofrecido el rey y fue a agradecerle en persona. El rey lo recibió muy cortésmente en su carruaje. Nada más subir, la princesa y el marqués de Carabás se miraron y quedaron profundamente enamorados. El rey, que no era tonto, se percató de la atracción que sentían ambos jóvenes y le pidió al marqués que los acompañara durante su paseo.

El gato, muy complacido por su éxito, se adelantó al carruaje y llegó a unos grandes campos. Reunió a algunos de los campesinos y les dijo:

– Dentro de un rato pasará por aquí el rey en su carruaje y, si no le dicen que estos terrenos en los que están trabajando pertenecen al marqués de Carabás, algo terrible les sucederá.

Cuando el rey pasó, hizo detener el carruaje y les preguntó a los trabajadores a quién pertenecían esos terrenos.

– Son de nuestro señor, el marqués de Carabás – contestaron todos a la vez.
– Muy buena cosecha deben dar estos terrenos cada año – le dijo el rey al joven y siguieron su camino.

El hábil gato se dio por satisfecho pero una vez más volvió a adelantarse al carruaje. Entonces llegó hasta donde estaban unos segadores y les dijo:

– Dentro de un rato pasará por aquí el rey en su carruaje y, si no le dicen que estos granos pertenecen al marqués de Carabás, algo terrible les sucederá.

Los trabajadores asintieron asustados y al rato, cuando pasó el rey, le dijeron lo que el gato les había dicho.

– Estos granos pertenecen a nuestro señor, el marqués de Carabás – replicaron los segadores.

El rey, contento de conocer las riquezas del marqués, lo felicitó por tan buena cosecha. Mientras el fiel gato seguía adelantándose y le decía lo mismo a todos los trabajadores que encontraba en el camino. El rey estaba verdaderamente asombrado de las extensas propiedades del marqués de Carabás, que en realidad pertenecían a un gran ogro.

Después de mucho andar, el astuto gato llegó a un majestuoso castillo, que pertenecía al ogro. El gato ya había indagado sobre el ogro y sabía cuán terrible podía llegar a ser, pero aún así entró al castillo y pidió hablar con él para rendirle los debidos honores. El ogro lo recibió y lo invitó a sentarse.

– He escuchado que eres capaz de transformarte en cualquier criatura en la que pienses. Que puedes convertirte en un león o en un elefante o en cualquier otro animal.
– Es cierto – contestó el ogro. – Me convertiré en un león.

El gato se aterrorizó tanto al ver al león que saltó hasta el techo, donde se quedó prendido con sus afiladas uñas. Cuando el ogro volvió a su forma natural, el gato bajó y le confesó que se había asustado mucho.

– También he escuchado que puedes transformarte en animales muy pequeñitos, como un ratón. Pero me cuesta creerlo. Para un ogro tan grande como tú, es imposible convertirse en un animal tan pequeño – le dijo desafiante.
– ¿Imposible? – gritó el ogro enfadado. – ¡Ya lo verás!

Inmediatamente se transformó en un pequeño ratón y comenzó a correr por el suelo. En cuanto el gato lo vio, lo atrapó y se lo tragó de un bocado.

Mientras tanto, el rey se acercaba al castillo y grande fue su sorpresa cuando vio que quien lo recibía era el gato.

– Sea su majestad bienvenido al castillo de mi señor el marqués de Carabás.
– ¡Señor Marqués! ¿Este castillo también le pertenece? No he conocido una corte tan lujosa.

El marqués brindó su mano a la princesa para ayudarle a bajar del carruaje, y ambos siguieron al rey dentro del palacio.

Tiempo después, el rey le concedió la mano de su hija al marqués de Carabás y el gato fue nombrado uno de los señores más ilustres del reino.

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